Elogio de la sombra

Una de las mejores cosas que podemos hacercuando llega un domingo es no hacer nada

El anhelo de vivir otras vidas está sobrevalorado. O, al menos, se tendría que compensar por el alivio de no vivir otras vidas. Y relativizarlo por la sospecha de que, si viviésemos cualquiera de ellas, echaríamos de menos las demás, incluyendo, ay, esta nuestra. Ignacio Uría escribió el artículo definitivo sobre el asunto. Después de repasar todas sus vidas soñadas, cual canción de Sabina, concluía recordando a sus padres, ya tan arrugados, y los sacrificios que hicieron para ofrecer a sus hijos "otra vida. Otra vida mejor". La que tienen ahora, la más valiosa, por eso.

También lo de "vivir una experiencia" está alcanzando dimensiones escalofriantes. Cuando la gente dice "Ha sido una experiencia", me suena a frase consoladora, como ésa de que trae buena suerte pisar lo de un perro, que es mejor que un improperio, pero poco más. Yo las experiencias negativas prefiero vivirlas en su más pura literalidad: en negativo, no experimentándolas. Si lo que voy a vivir es sólo "una experiencia", escojo no hacer el experimento. A las experiencias les pasa como a las anécdotas, que o se alzan a categoría o para qué. "Todo lo que no sirva para ganar la eternidad es perder el tiempo", escribió el poeta Javier Almuzara en un libro, pero también en mi alma, y a fuego.

Semanalmente rememoro con remordimientos en mi abuela materna, que, cuando era domingo, ni cosía. Nosotros ahora nos hemos echado sobre los hombros la extraña obligación de amontar proyectos, tareas, eventos, excursiones y, en definitiva, experiencias. Por eso los confinamientos nos han cogido tan desentrenados. Deberíamos hacer más caso a mi abuela o al mismo Blaise Pascal, que recomendaba la estancia en una estancia estando sin hacer nada como solución para los problemas del mundo. Xavier de Maiestre, más aventurero, hizo un trepidante viaje alrededor de su cuarto, y lo contó en uno de los libros más divertidos que leerse pueden.

Recuerdo vagamente que, cuando se me ocurrió este artículo e incluso cuando empecé a escribirlo, tenía una moraleja preparada para deslizar en su párrafo final, pero me he ido entusiasmando con el elogio de la sombra, de la tranquilidad y del dolce far niente…; y ahora se me ha olvidado. Lo que no deja de ser una manera más coherente de terminar porque, si no, parecería que he estado trabajando, zurciéndoles el argumento o, lo que todavía sería mucho peor, compartiendo una experiencia.

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