Elogio del jardazo

Entre la certeza de hacerlo de cine y la posibilidad de hacerlo de pena, hay una excitante zona de hallazgos

En general, la gente se pega pocos jardazos. Sin duda, mucho menos que yo, pero eso no es significativo. Lo importante es que se dan menos jardazos de los que les convendrían. Porque pocas cosas hay más útiles que un buen costalazo con dolorosa frecuencia.

¿Por masoquismo? En absoluto. El jardazo, esto es, el fracaso clamoroso en cualquier cosa que se haya intentado es de una gran utilidad para marcarte o los límites de tu habilidad o, en el mejor de los casos, la poca eficacia del método empleado. Quizá haya que intentar otro procedimiento antes de darse por rendido, porque tampoco pasaría nada en absoluto por otro revolcón. Ni por otro. A la tercera puede uno darse por vencido, si el refrán no se cumple, aunque tampoco hay quinto malo. El testarazo es el método más seguro (en su inseguridad intrínseca) de saber hasta dónde podemos llegar y dónde no. Nuestros límites nos los tienen que marcar nuestros límites, como su nombre indica, y no la prudencia o el sentido del ridículo.

Los que nunca se dan tremendos tropezones es, casi con total seguridad, porque nunca intentan ir más allá de lo habitual que ya tienen comprobado que hacen maravillosa y espectacularmente bien. No es nada agradable hacer fatal algo, pero entre la certeza consuetudinaria de hacerlo de cine y la posibilidad altísima de hacerlo de pena, hay una excitante zona de hallazgos y descubrimientos que sólo espera de nosotros cierta audacia y ninguna alergia a la voltereta.

Lo bueno de la palabra "voltereta" para el revolcón es que, en ese momento, uno se vuelve y ve todo lo que ha avanzado que no lo habría hecho jamás si no se hubiese arriesgado a ese patinazo que tampoco es para tanto.

"¿Que no!", se duele cualquiera a bote pronto. No, porque como dijo Manuel Machado: "Tú eres buena y eres mala/ pero como te quería/ toíto te lo pasaba". Los que te quieren todo te lo disculpan. En cambio, sigue Machado: "Toíto te lo pasaba…,/ y ahora, como no te quiero/ se acabó lo que daba". Es una ventaja añadida. El jardazo como indicador de la gente que de verdad te quiere, que te recoge con los brazos abiertos; y de los que, ay, no tanto, y consideran, como poco, lo bien que te va a venir ese costalazo para aprender de una vez.

Les conmino al jardazo, ya ven; pero les aseguro que no es por el consuelo de tontos del mal de muchos. Estoy plenamente convencido de que si tropezásemos más llegaríamos mucho más lejos.

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