Carlos Pujol, añorado novelista, poeta y ensayista de inusual finura, me contó que, para corregir sus poemas, se grababa leyéndolos y los oía una y otra hasta que el hartazgo sacaba al crítico más implacable. Sólo publicaba los poemas que superaban esa prueba casi infinita. Sin llegar a eso, José Mateos y yo decidimos no leernos nuestros nuevos poemas por teléfono. Porque, entre la alegría por la novedad de un poema del amigo y la voz que lo arropaba, sin soledad ni distancia, los versos nos parecían mejores de lo que luego eran negro sobre blanco en el papel: los míos, al menos.

Lo recuerdo, naturalmente, por este hartazgo ante unas nuevas elecciones que nos embarga a todos. Y para que no dejemos que se nos pase la excelente oportunidad que supone. Esto es tiene que sacar al crítico más recóndito que llevamos dentro.

Para empezar, ya nadie habla de la "fiesta de la democracia", lo que tenemos que celebrar en lo mucho que supone. Votando decidimos asuntos muy serios que afectan a la conciencia personal, a la integridad nacional y a la prosperidad económica; y no me parece que el carácter jocoso y festivo fuese el mejor modo de encarar las urnas. Ahora vamos a ir más serios, auxiliados por el fastidio.

Además, sobre todo, seremos mucho más críticos con los discursos demagogos. Estamos saturados de azúcar. La novedad no nos moverá. Tendremos menos paciencia. Exasperados, no nos dejaremos envolver por las voces melifluas. Los carteles nos parecerán sucios y redundantes. La propaganda electoral, un insulto. No me digan que no es una excelente noticia. Los hemos oído tanto y hace tan poco y hemos visto lo evitable que hubiese sido todo esto y sabemos cuánto nos va a costar y probablemente para quedarnos en las mismas, que adoptaremos un aire severo y exigente, que es, ojo, el que siempre tuvimos que adoptar como ciudadanos.

Sólo atisbo un peligro. Que el discurso del hartazgo ciudadano se haga tan poderoso que acabe ahogando los discursos mismos de los políticos que nos hartan. Hemos de aprovechar el hartazgo, o sea, apurar la copa hasta las heces. No dejar pasar ni una mentira ni un truco sentimental. Estas votaciones no van a ser una fiesta, menos mal, pero sí pueden ser una oportunidad extraordinaria para votar con ese espíritu áspero que debe sostener, desde la sociedad civil, nuestra democracia. Las tonterías se van a notar mucho más y las vamos a tolerar menos.

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