Elogio de la campaña

Arrecian las quejas contra la campaña electoral, aunque es un momento especialmente disfrutable

Están los que se quejan sin pausa. En verano no pueden con el calor; ni en invierno, con el frío; ni en primavera, con la lluvia; ni en otoño con la melancolía. Una vez que hubo un cambio climático abrupto, el mismo compañero a la misma altura del mismo pasillo con menos de 24 horas de diferencia pasó a quejarse amargamente de estar asado a quejarse de estar helado.

Lo mejor de la campaña electoral es que nadie se queja de otra cosa. Lo malo es que se quejan de la campaña. Yo, no. No resulta muy compatible tanta loa abstracta a la democracia con tanto hartazgo práctico de su antaño llamada «fiesta», que son las elecciones y sus preparativos.

Aislarse de la campaña es fácil. Se pueden hacer oídos sordos. Cambiar del canal del debate. No entrar al trapo de las discusiones sobre el 1+1+1. Acogerse al secreto del voto. Quejarse de algo que se puede evitar con poco esfuerzo, parece masoquismo. O, como mínimo, poco respeto por los que sí disfrutamos.

Los políticos tienen que retratarse. Las innumerables fotos (cada vez más cerca), por supuesto; pero yo prefiero los retratos ideológicos. El PSOE no descarta el indulto a los golpistas, si fuesen condenados. Vamos sabiendo a qué atenernos. Los nacionalistas y los independentistas, en perfecta consonancia, prometen su apoyo a Sánchez. Rivera no deja de ponerse en la otra ribera, comprometiéndose con un pacto anti-Sánchez cada vez más. El PP, como siempre en sus campañas electorales, pero ahora más, hace guiños al electorado de derechas. Vox añade a sus discursos muy interesantes propuestas económicas que han sorprendido a propios y extraños (y no es una frase hecha). Podemos hace, a estas alturas, lo que puede.

La campaña electoral abre el campo de juego político a la sociedad civil y, en la búsqueda cada vez más a contrarreloj del voto, el político termina encontrándose con el votante que se deja. Comprendo que tanto desengaño acumulado y tanta promesa incumplida hayan desencantado a casi todos, pero la solución no es votarles con una pinza de cinismo en la nariz y dos tapones de desdén en los oídos. La solución pasa por escucharlos, tomar nota de lo que dicen y de lo que no, votar en consecuencia y después recordarlo y recordárselo y (ahí nos quiero ver) votar a la próxima con memoria histórica. Ya nos hemos quedado sin debates: la campaña se está haciendo demasiado corta, menos mal que enseguida llegan las municipales.

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