Tribuna

Ignacio F. Garmendia

Elogio de la Belleza

EL modisto Karl Lagerfield, del que tampoco cabía esperar que nos saliera con la Crítica de la Razón Dialéctica, dejó dicha hace poco una frase reveladora: "Fotografiar a los pobres no es mi trabajo, prefiero la belleza". Ay, pobre. Pese a su disecada veteranía, su exitosa carrera profesional y su conocimiento del ancho mundo, el hombre no ha entendido todavía que la Belleza, con mayúsculas, no tiene demasiado que ver con los hermosos cuerpos de los chicos que pasan sus modelos o de las actrices que él mismo ha retratado para la última edición del famoso calendario Pirelli. Tal vez sólo pretendiera ser epatante, como otros presuntos rebeldes que disfrutan escandalizando a la parroquia. Tal vez tenía un día malo o ya no los tiene buenos. En todo caso, la frase le hace subir varios puestos en el registro de la estupidez donde compiten los más vanos exponentes de la nadería contemporánea.

Como John Galliano, sin ir más lejos, que se ha permitido el lujo de increpar públicamente a una mujer porque le parecía fea. Lo que no han entendido los modistos es que lo bello -lo bello y bueno, como lo llamaron los griegos- habita también entre los viejos achacosos del asilo o entre los desheredados que malviven en las barracas o entre los niños enfermos de los hospitales o entre los vulgares edificios de un barrio sin encanto. Quizá no tenga importancia, pero no deja de sorprender la inhumanidad que alienta tras las palabras de estos señores, supuestos árbitros de la elegancia, o de otros deslenguados que mientras revolotean como pavos reales -vuelo apenas rasante- alrededor de las grandes fortunas, observan con infinito desdén y una mueca de fastidio todo lo que se salga de su mundo desquiciado.

Desde luego, ni Lagerfield ni la mencionada firma de neumáticos, aunque tal vez celebrados por los operarios de los talleres de mecánica, serán recordados por su aportación a la historia de la fotografía. Sin salirnos de ese arte, de noble tradición documental, hay muchos nombres que podrían ilustrar las limitaciones de los exquisitos de turno. ¿No son bellas, por poner un ejemplo cualquiera, las fotografías de Dorothea Lange que ilustraban la edición española de Los vagabundos de la cosecha, la serie de reportajes de John Steinbeck que le serviría de base para la redacción de Las uvas de la ira? ¿No hay belleza en esta novela sobrecogedora, protagonizada por nómadas harapientos que no tienen, literalmente, dónde caerse muertos?

Dorothea, por cierto, era una señora bajita, no demasiado agraciada y disminuida desde niña por la polio. Quién sabe qué barbaridades podría haberle dicho monsieur Galliano, si se la encuentra una tarde pasado de copas. Pero sus espléndidas e inolvidables fotografías sobre los granjeros depauperados de los tiempos de la Gran Depresión -como la película de John Ford sobre la novela de Steinbeck, como tantas otras obras de arte que describen con mirada compasiva el dolor y la dignidad del ser humano- son potentes focos que impresionan e iluminan nuestra conciencia moral, a despecho de los engreídos a los que molesta la contemplación de la miseria o de lo que ellos, en su cortedad de miras, consideran fealdad.

Muchos de los representantes del submundo de la moda posan de fatuos amorales que se jactan de vivir en un Olimpo de cartón piedra, rodeados de un lujo tan estridente como el de los mafiosos de las comedias. Pero el esteticismo que merece ese nombre, como supieron ver los decadentistas, siempre fue solidario con la infelicidad y sensible a la belleza de los menesterosos. Pensemos en Wilde, ya antes de su paso por la cárcel de Reading. El gran Óscar podía disfrutar disfrazándose de payaso empolvado y soltar brillantes paradojas para complacer a las damas, pero luego, cuando se levantaba por las mañanas después de haber brillado en los salones, o alternado en las tabernas de la mala vida, la resaca no le impedía escribir textos estremecedores que rebosaban -rebosan- de piedad hacia las gentes humildes. Lo mismo podría afirmarse de Pasolini, por citar a otro esteta que no era demasiado asiduo, hasta donde sabemos, a las pasarelas.

A Lagerfield le parece indeseable la visión de los pobres y por eso nos recuerda que no es su trabajo fotografiarlos, como si tuviéramos alguna duda. El otro no soporta ver a una pareja anodina a su lado, mientras toma el aperitivo. Podemos entender que prefieran, para ellos y para su negocio, la belleza de calendario, tan cotizada, pero no que los alelados cronistas de sociedad nos recuerden todos los días el genio inmarcesible de tales artistastros. Volviendo a Dorothea Lange, las fotos de aquella mujer insignificante seguirán en la memoria de las generaciones cuando todos los trapos de estos fantoches se hayan transformado en polvo.

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