EN las largas tardes de los sábados, cuando no había nada que hacer, mi abuela me cogía la mano, empezaba a trazar círculos mágicos sobre la palma abierta y luego me contaba una historia que ella misma le había oído contar a su propia abuela, muchos años atrás, cuando ella sólo era una niña. Las historias que mi abuela contaba eran los cuentos del folclore popular que se trasmitían por tradición oral en las sociedades en las que muy poca gente sabía leer y escribir. En Mallorca las llamaban "rondallas", y eran historias inverosímiles llenas de gigantes y demonios y personajes que habían sido criados por una osa y acababan encontrando un tesoro escondido bajo un árbol. Estas historias tenían una trama compleja, pero mi abuela -y otras muchas personas como ella que apenas tenían instrucción- sabían contarlas como si hubieran estudiado en una buena escuela de arte dramático. Pero es que hace muchos años, en épocas mucho más menesterosas que la nuestra, contar una historia con todos los recursos de un buen narrador oral -mímica, gesticulación, dicción bien modulada- era un arte humilde que mucha gente sabía ejercer, empezando por los curas que daban sermones en una parroquia rural y terminando por las madres que tenían que entretener a los niños contándoles cuentos, y eso sin olvidar a los vendedores ambulantes o a los pregoneros (o a los pícaros y embaucadores, claro está, que tenían que ganarse la vida engatusando a la gente).

Digo todo esto porque he visto los discursos de la delegación española que defendía la candidatura olímpica de Madrid-2020, y si se exceptúa el discurso del príncipe Felipe -que fue modélico-, los demás parecían obra de una comparsa de aficionados que balbuceaban un texto de mala muerte en un teatro lleno de goteras. La desgana y la torpeza con que estos personajes leían sus discursos eran tan evidentes que uno se preguntaba si de verdad se creían la sarta de frases huecas que estaban soltando. Esos personajes son los líderes de un país en crisis que necesita oír un relato coherente acerca de lo que está pasando, y se supone que deberían ser los primeros interesados en que sus palabras -fuera en el sitio que fuese- sonasen convincentes y persuasivas, pero cuando llegaba la hora de la verdad, esos mismos personajes ni siquiera eran capaces de leer su discurso con un mínimo de pasión y elocuencia y amor por el oficio. Hace cincuenta años, un vendedor ambulante de sartenes lo hubiera hecho mucho mejor. Una vez más, mal vamos.

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