EN una escala del 1 al 10 donde 10 es el mayor nivel de horterismo y 1 es la elegancia supina, pasear por la ciudad de Cádiz con una camiseta del Cádiz está en un 7. Si además vas con calzonas y chanclas, subimos hasta el 8. Con un bolsito cruzado en los hombros llegamos al 9 y con unas gafas sobre la cabeza y mascarilla del Cádiz ¡enhorabuena! has alcanzado el máximo, hay premio. Está muy bien ir al Carranza, o como se llame ahora el estadio municipal, con la camiseta amarilla, hubo un tiempo que solo lo hacía el Macarti. Incluso ir así a recibir a los jugadores para darles ánimos frente al Oviedo resulta adecuado y, según parece, útil. Es natural usar la camiseta de tu equipo para hacer deporte allá donde esté permitido. Salir a pasear por Cádiz con la camiseta del equipo de la ciudad, además de redundante, es un poco mamarracho, como hacerlo en Jerez con la del Xerez, si ese equipo sigue existiendo( qué tiempos en los que estuvo en Primera y vacilaban al cadismo). Lo verdaderamente original sería ir del Xerez por La Caleta. Podíamos aventurar que el nivel 1, árbitro de la elegancia, lo marca Ignacio Casas.

El rancio que se pone guayabera, como el que usa fachaleco, debería saber que va vestido con uniforme Vicente del Moral por lo que en contra de lo que piensa entra en el extremo opuesto de la escala, más parecido a la camiseta amarilla con calzonas y gargajillos que a la verdadera elegancia, aunque los usuarios de tan viejuna prenda deben pensar lo contrario, quizás porque no recuerdan que eso en Cádiz se llama seriana , dicho con el único objeto de llamar a las cosas por su nombre. Hay horteras orgullosos de serlo sin necesidad de montar un Día del Orgullo Angango ni una croquetada, como hacen los guayaberos , que este año iban a reunirse el 18 de julio, el día del año más apropiado para lucir una prenda como esa, con pregón encargado a Carlos Herrera, persona con una trayectoria intelectual adecuada a la indumentaria, podría terminar el acto con el Oriamendi puestos a dar el nivel.

Me imagino a un grupo de chavales vestidos de amarillo, integrantes de comparsas y cargadores de alguna hermandad, rompiendo la espada del monumento a las Cortes al son del Eterno Capitán Veneno después de una noche de juerga en la Punta de San Felipe sin mascarillas y sin mantener la distancia de seguridad, mientras unos guayaberos escandalizados en sus casas a la vista de la noticia por lo bajo que está cayendo la ciudad gobernada por unos perroflautas que enseñan la hucha al sentarse, mientras se piden un canasta .

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