Elecciones sin emoción

En la política, como en el deporte, la emoción la pone la incertidumbre sobre el resultado. Por eso las elecciones andaluzas del 2 de diciembre provocan escaso entusiasmo en el pueblo llano. Quizá algo más en el conjunto de España; porque habrá políticos nacionales que suban o bajen gracias a estos comicios con acento andaluz. Incluso la presidenta podría volver a soñar con un remoto porvenir en Madrid, si mejorase sus resultados de 2015, con los mismos escaños que Griñán en 2012, pero 116.000 votos menos. Hay que tener habilidad y descaro para aducir que Andalucía necesita un debate en solitario sobre su futuro, después de haber convocado seis de las diez autonómicas anteriores coincidiendo con generales (cinco) y europeas (una). Lo que antes hacían los socialistas al revés, ahora lo hacen al derecho, por el interés general, sin pudor.

Pero falta emoción, porque se sabe de antemano quién ganará y quién gobernará. Nos pasa como a Bill Murray en Atrapado en el tiempo; tenemos la sensación de que cada elección es el día de la marmota. Siempre gobierna el PSOE y, salvo en 2012 con el triunfo insuficiente de Arenas, siempre ganan los socialistas. Se podría hacer una definición de estas autonómicas similar a aquella del fútbol: un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania. Así que aquí el personal vive la convocatoria con una indiferencia que contrasta con el frenesí de los políticos.

Si manejamos encuestas anteriores, Adelante Andalucía perdería algún diputado de los 20 que sumaban Podemos e IU, el PSOE sacaría algunos menos de sus 47 y el PP quedaría bastante por debajo de los 33. Ciudadanos, el partido con el candidato menos atractivo, recogería esas pérdidas y escalaría desde sus 9, gracias al tirón de su marca y a que saldrán al campo Inés Arrimadas y Albert Rivera con sus camisetas andaluzas de Jerez y Málaga. Y si de salida se sabe la ganadora, hay dudas sobre los demás puestos. PP y Cs se disputan la segunda plaza. No parece probable que Marín gane a Moreno. No le conviene al PSOE, que se quedaría sin socio, ni le conviene a Marín que preferiría ser vicepresidente que jefe de la oposición.

La alternancia es deseable. Pero para que el PSOE pierda tiene que tener contra quien. Todos los candidatos de la oposición estaban en el Parlamento anterior, donde no han destacado demasiado. En la siguiente cita con las urnas, es posible que no esté ninguno de los tres. A lo mejor, incluso, ninguno de los cuatro. Eso sí sería emocionante.

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