La educación es el gran problema, no les quepa duda. Incluso por encima del envejecimiento de la población, el cambio climático o el fin del trabajo tal y como lo conocemos que formulan algunos teóricos. No estoy hablando de Andalucía, donde la cuestión daría para varios volúmenes, ni siquiera de España, que también. Me temo que estamos ante un problema de dimensión mundial. La educación no son sólo las enseñanzas que unos ciudadanos presuntamente formados transmiten a otros en proceso de formación, ni siquiera la implantación en las mentes más jóvenes de un sistema de valores que les permita vivir en sociedad sin que se devoren los unos a los otros. Es algo todavía más complejo y que está, sobre todo, fuera de las aulas. Algo que tiene que ver con una visión del mundo y con nuestro papel dentro de él. Como esto dicho así puede resultar bastante espeso, intentemos referirlo a hechos concretos que nos han sacudido durante los últimos meses. La elección de Donald Trump en Estados Unidos, el Brexit, la amenaza de la ultraderecha en un país como Francia, la realidad de la ultraderecha en los que un día estuvieron detrás del Telón de Acero, la propia presencia de un Putin en Rusia, la irrupción de un fenómeno como Podemos en España… Todos son consecuencia de un déficit de educación; no sólo de conocimientos y de valores. El mundo se está dando la vuelta antes de haber llegado a ningún sitio. Las nuevas tecnologías, como tantas cosas en la vida, han servido para universalizar conocimientos y poner ideas al alcance de todos. Pero también para todo lo contrario. Internet se ha cargado la lectura, tal y como se ha entendido durante siglos, y las redes sociales han colocado al mismo bajo nivel lo trivial y lo trascendente.

En todos los cambios sociales y políticos que se han sucedido en los últimos meses, ese déficit de lectura y el imperio de Twitter y Facebook han tenido mucho que ver. Tras la victoria de Trump de la semana pasada The New York Times se sintió en la obligación de enviar una carta a sus suscriptores reivindicando su cobertura -serena y profunda como siempre- de las elecciones. La realidad es que los grandes medios de comunicación, que en EEUU son de verdad grandes, tanto en el papel como en la televisión, se ha visto superados por el ruido y las ocurrencias de las redes. Si eso ha sido así es porque eso que hemos dado en llamar el mundo desarrollado vive una crisis de educación que amenaza sus propios cimientos. El problema no es la Lomce ni las reválidas. El problema es mucho más profundo y con solución -seamos caritativos- muy incierta.

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