La tribuna

Jorge Rodriguez Mancera

EEUU lleva la guerra fría al trópico

NO pasó de un fugaz galanteo el encuentro de Obama con sus pares de Latinoamérica en Trinidad y Tobago; apenas sirvió para tomar la foto y recibir autógrafos, porque sólo semanas mas tarde, uno de ellos, el señor Zelaya, fue sacado por los militares en pijama de su casa, llevado a la base gringa de Palmerola y enviado a Costa Rica con la advertencia de nunca más volver. Una burda repetición de los golpes militares orquestados por sus antecesores en sus bananas republics, que ha sorprendido al mundo, incluso al propio Obama, quien cándidamente lo condenó por ser tan contrario a su discurso, quizás sin saber aún las implicaciones en él de su gobierno. Con pena, el novel mandatario recibió otra lección que se suma al fiasco de Guantánamo, advirtiéndole que en su país el gobierno tiene más cabezas que la del presidente y que las políticas dominantes y de largo aliento están trazadas desde hace mucho tiempo por los poderosos halcones.

Parte central de estas políticas duras tienen que ver con el manejo y control de la región sur del continente, su patio trasero, tradicionalmente dócil y obsecuente con ellos, por lo menos sus castas dirigentes, pero con visos de rebeldía en los últimos años. De una parte, con la llegada de Chávez a Venezuela y su proyecto político y económico Bolivariano-ALBA, para contrarrestar el llamado ALCA de los gringos, alrededor del cual ha reunido a otros gobiernos de tendencia izquierdista (Bolivia, Ecuador, Nicaragua y algunas islas caribeñas), el cual se ha caracterizado por su beligerancia y actitud contraria a los EEUU. Un proyecto para cuyo impulso y desarrollo ha considerado necesaria su presencia en el gobierno, reformando la Constitución para permitir su reelección indefinida, actitud seguida por los demás socios, amparados en interpretaciones acomodaticias de la democracia y de un supuesto estado de opinión. Justamente uno de los nuevos candidatos a sumarse a este proyecto era la Honduras de Zelaya, algo que no estuvieron dispuestos a tolerar los desafiados y ofendidos norteños ni los mas ricos de ese país.

Pero el gran proyecto del sur no es el de Chávez sino el de Lula, de Brasil, llamado Unasur, en el cual participan la totalidad de los países sudamericanos, unidos por su realidad geográfica, pero separados por sus concepciones ideológicas en tres grandes grupos: uno de izquierda socialista, integrado por Venezuela, Bolivia, Ecuador y Paraguay; el segundo, de izquierda moderada, con matices, en que se ubican Brasil, Chile, Argentina y Uruguay; y un tercero, de extrema derecha, conformado por Perú y Colombia.

Sin duda, la importancia de este nuevo grupo ha preocupado seriamente a Washington, dado el liderazgo y el peso específico de Brasil y el prestigio internacional de su Presidente Lula. Por ello, contrariamente a lo ofrecido por Obama en la Cumbre de las Américas, su gobierno optó por romper este intento de integración política, comprometiendo al presidente Uribe de Colombia para que permitiera la participación militar de EEUU en siete bases colombianas, con el pretexto de la lucha contra las drogas, el terrorismo y otras acciones indefinidas de movilidad -doctrina Bush-, pero con el real propósito de monitorear y acceder con facilidad a cualquier rincón de Suramérica. Un compromiso forzado en el que Uribe no tenía ningún margen de maniobra por su situación desfavorable con Obama y el partido demócrata, contrarios a muchas de sus políticas y actuaciones en el campo laboral y de los derechos humanos, pero que le permitiría en compensación personal, no nacional, facilitar la aprobación del TLC bloqueado por los demócratas y que se hiciesen los de la "vista gorda" con su segunda reelección, proceso claramente irregular e ilegal.

Las reuniones recientes de Unasur en Quito y en Bariloche fueron provocadas por la reacción de la mayor parte del grupo contra estas bases cuyo propósito aprecian algunos, en especial Venezuela, Ecuador y Bolivia, como concebidas para intervenir sus territorios y atentar contra sus gobiernos, como hicieron con Honduras. Colombia no asistió a Quito pero fue a Bariloche y su soledad fue realmente dramática y no pasó a mayores por el manejo y prudencia de Lula y la presidenta Kirchner, quienes propiciaron una declaración ambivalente para sortear este intento de ruptura, pero que dejó sentado el enorme aislamiento de Colombia con sus vecinos y el resto de Suramérica, y sobre todo un profundo rechazo de todos, salvo Colombia, a estas bases y de manera mas general a los EEUU y sus intentos de dominación y expansión. En este sentido la reunión de Bariloche sirvió para evidenciar el comienzo de una versión de guerra fría que no por lo tropical y subdesarrollado de una de sus partes se debe menospreciar, porque el abandonado y maltratado patio trasero puede incendiarse en estas épocas de cambio climático.

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