Dúo Pimpinela

Hacer diferencias entre Sánchez e Iglesias requiere más pulso que partir un pelo en dos

Generalmente peco de notorio optimismo, primero, porque no es pecado y, segundo, porque, asumiendo que unas veces se acierta y otras no, prefiero alegrarme el doble si acierto. Los pesimistas, cuando aciertan, se llevan un palazo. Si usted me ha leído asiduamente, no creo que no haya pensado más de dos veces: "Pero ¡qué ingenuo es este hombre!"

Incluso con estos precedentes, me parecen demasiado ingenuos los que esperan que Pedro Sánchez termine defenestrando a Pablo Iglesias. Y miran impacientemente el reloj para ver si ya es hora, tras el último ataque a la independencia judicial o a la corona o al mismo orden público en las calles de Barcelona. Pueden esperar sentados.

Sí, escenificarán desencuentros, como en aquellas canciones inolvidables (ay) del Dúo Pimpinela. Les interesa posicionarse. Y antes de las elecciones, por supuesto que montarán una ruptura aparatosa, para abrir juego a los extremos de sus respectivos nichos: la socialdemocracia, Sánchez; la izquierda revolucionaria, otro.

Ambos retomarán la coreografía a renglón seguido para volverse a unir. ¿Porque se aman tiernamente? No, no, en absoluto. Porque es imposible que ninguno de los dos consiga: a) una mayoría suficiente para gobernar en solitario; y b) ningún otro socio estable de Gobierno. Se habla mucho de que Albert Rivera perdió la oportunidad de gobernar con Sánchez, pero muy poco de que Sánchez perdió la oportunidad de gobernar con Ciudadanos también para los restos (para los restos del naufragio al que está abocado Cs). La Gran Coalición con el PP es pensar lo excusado, salvo para frenar a Vox, que sólo entonces, casi seguro. Para frenar a los bolivarianos y a los nacionalistas, qué va, imposible. ¿Cómo va el PSOE a renunciar a su retórica de combatientes contra la derecha?

De modo que sean ustedes algo cínicos, se lo aconseja un ingenuo prácticamente profesional, y no hagan distingos entre Pedro y Pablo. En sus distanciamientos hay tanto resabio teatral como interés político en sus acercamientos. Jamás cortarán. Tampoco se fundirán, porque se necesitan rivales, tensos, cada cual en lo suyo, pero los dos contra lo nuestro. Incluso la ruptura preelectoral y durante la campaña estará milimétricamente medida y será reconstruible en un santiamén. Son hermanos siameses, aunque se arañen como gatos panza arriba. Jugar con ellos a las siete diferencias es entrar en el juego ladino de Iván Redondo.

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