Su propio afán

Don Francisco Querejeta

De una nada (gozosa) al infinito (glorioso), la vida de incontables ha pasado a la sombra del Padre Querejeta

Mis tíos fueron a visitar a don Francisco Querejeta, que ya estaba muy malito. El anciano sacerdote, cuando se despedían, les echó lo que él llamaba una "sonrisa maliciosa" y dijo: "Si mañana nos vemos, os invito a comer". Era la malicia de un hombre buenísimo y un humor negro de fondo blanquísimo. Quizá también una manera oblicua, pudorosa, de referirse al banquete celestial. Era, en definitiva, un autorretrato involuntario de este sacerdote que nos ha acompañado toda la vida, hasta el miércoles, hasta sus 94 años, como párroco de La Milagrosa, en El Puerto de Santa María.

Vasco, vasquísimo, podría haber sido figura de la Real Sociedad, nos contaban para que ponderásemos la fuerza y el mérito de su vocación sacerdotal. Por lo visto, jugaba al fútbol como los ángeles, precisamente, mejor incluso que su sobrino, el productor de cine. Como soy poco futbolero, pero me encanta San Sebastián, me impresionaba más que hubiese dejado su tierra. Se le veía fácil el cepellón que se había traído en las raíces al ser trasplantado al sur. No era el menor de sus atractivos.

Como su parroquia es la mía, me dio la Comunión miles de veces, así que mi agradecimiento es infinito, literalmente. También me confesó y, como el sacramento borraba mis pecados, mi gratitud es también, en cierto sentido, nihilista. De esa nada (gozosa) al infinito (glorioso), mi vida ha pasado a su sombra. El secreto de confesión se confunde a veces con la amnesia, pero yo no quisiera que mis debilidades se las llevase a la tumba, ni al olvido, sino que las recuerde bien en el Cielo y allí pida por mí.

Así, sí lo hará. Cuando yo tenía que sacar las oposiciones, se negó tajantemente a rezar por mí. Tenía una fe tan recia que estaba convencido de que, si rogaba por mí, perjudicaría a los otros opositores, que no tenían la suerte (esto lo digo yo) de tener un párroco como él.

Fue dulcísimo en el confesionario, malicioso en la tertulia y riguroso en el púlpito, pero no en los últimos años. Iba transparentando, poco a poco, misticismos interiores y acabó hablándonos de cosas elevadísimas y sutiles del amor divino en la homilía dominical. La mayoría apenas le seguíamos tan alto, pero daba igual, porque abría el camino. Si a la tarde de la vida nos examinarán de amor, él habrá sacado -rezo por ello, aunque no le haga falta, sólo para llevarle, en broma, la contraria una última vez- el número uno de la oposición.

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