Don Antonio Oh-caña

Un profesor de Educación Física puede cambiarte el alma y seguir entrenándotela muchos años después

En mi infancia no sería tanta mi afición a los juegos de palabras como pensaba. La debo de haber desarrollado con la edad. Lo prueba que a nuestro profesor de gimnasia del colegio, que nos metía una caña tremenda y que se llamaba don Antonio Ocaña, jamás le llamamos "Oh caña".

Y lo bonito es que se merecía la honda interjección admirativa. Entonces las tres marías eran el inglés (¡el inglés!), la religión y el deporte (¡el deporte!). Cómo han cambiado los tiempos, menos con la religión, que aun ha ido a menos (menos en mi caso). Don Antonio consiguió, sin embargo, que el deporte importase a base de personalidad, dedicación y exigencia (sí, sí, ¡de mucha exigencia!).

Empezamos a tomarnos en serio el deporte… hasta yo (¡yo!). En el chat de mi clase del colegio, cuando nos hemos enterado de su muerte, el reconocimiento ha sido unánime. Sobre todo, los menos vigoréxicos hemos reconocido nuestra deuda. A fin de cuentas, del deporte se puede decir lo que san Agustín del sufrimiento: "No es bueno hacerlo, pero es bueno haberlo hecho".

En mi caso, don Antonio fue realmente trascendente. Un gran poeta me contó que, detrás de sus delicadas melancolías y pesimismos, se agazapa, preparada para el salto y el tapón sentimental, la imagen de su fracaso juvenil como jugador de baloncesto. No entró en el equipo del colegio y además le expulsaron del que había montado él en su barrio. Ahora, ante cualquier ilusión, pensaba: "¿Para qué? Me pasará como con el baloncesto".

El balonmano en mi colegio era igual de importante que el baloncesto en el suyo y yo tenía, seguro, menos condiciones que él para el deporte, pero don Antonio Ocaña se cruzó en mi camino trastabillante. No me mintió: me puso a entrenar sin el menor miramiento motivacional. Una vez le dije, alborozado, que estaba corriendo por las tardes. Sin mover una pestaña me preguntó cuánto. Le conté mi recorrido. Me dijo que eso y nada eran lo mismo. Tenía que correr el triple.

Logré jugar de titular en el equipo de balonmano y no ha habido luego dificultad profesional o personal en la que no me haya asistido el vívido recuerdo de aquella anécdota escolar. Como mi amigo, pero al revés. No seré tan buen poeta, desde luego, pero voy driblando los problemas sin temor al contacto y tirando muy fuerte a portería. Puede que don Antonio Ocaña haya muerto: no en mi corazón ni en mi historia; ni en mi futuro, por la cuenta que me trae.

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