Divina basura

Hay más intimidad en un contenedor de basura queen un cuarto de baño conla ventana cerrada

Apoco que me despiste la basura se me junta como no debe. Una pone voluntad, separa, ordena, dobla, estruja, selecciona, pues no basta. Yo soy como esos menesterosos que, puestos de puntillas sobre el contenedor, hurgan en la basura con un palo. Lo confieso, me gusta la basura quizás porque casi todo en esta vida es envoltorio. Me gusta mirar lo que tiro y lo que otros tiran. Ver cómo lanzan acrobáticamente la bolsa o si por el contrario la depositan con suavidad como si estuvieran arrullando a un niño en su cuna. Me gusta ver si la basura gotea o no, si se han guardado los desperdicios con pulcritud o con dejadez, si alguna espina o pico ha rasgado la bolsa, si se ha llenado demasiado y se ha abierto o demasiado poco porque lleva algo liviano pero que debe apestar una barbaridad. La basura, a qué negarlo, dice mucho de nosotros mismos. De nuestro propio abandono. Hay más intimidad en un contenedor de basura que en un cuarto de baño con la ventana cerrada. Quizás por eso hay tanto empeño en escudriñarla, en ordenarla, en uniformarla. Hay basuras que avergüenzan y basuras de las que sentirse ufanos. La más bonita con diferencia es la del 6 de enero desbordada por los embalajes de los juguetes y los despojos de las fiestas para empezar al día siguiente una nueva vida llena de nuevos propósitos, pero idéntica a la anterior.

Se nos olvida a veces tirar la basura como dejamos de decir te quiero o extraviamos las llaves, por tener la cabeza en otra parte, por no valorar nuestra propia vida y todos sus regalos insignificantes, incluso sus deshechos, que son los que terminan por conformarnos.

Ya ven, a mi la basura no sólo me pone ecológica. Me pone poética y me lleva a los versos de Carmelo Iribarren a una bolsa de plástico: "Mírala/ ahí/en mitad de la calle/sola/ quieta/ temerosa/ de que aparezca el barrendero/ soñando/con un poco de viento/ para sentirse/ nube".

Qué quieren que les diga, estoy muy maleducada en la protección del medioambiente. Y eso que es de las cosas que me preocupan de verdad, como a Greta, aunque yo esté bastante más crecidita. A mí, no se me pone cara de mosqueo sino de perplejidad. Mi mente elucubradora no es capaz de llegar a ninguna conclusión. No tengo demasiada confianza en nuestra capacidad de salvación frente a la propia naturaleza y frente a los intereses torpes del hombre. Eso sí, hago lo que me dicen que puede servir por nimio que sea y aunque torpee bastante.

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