Discriminación positiva

No hace falta ningún contagio (y ojalá no lo haya) para que la despreocupación del Gobierno sea manifiesta

Mientras que, por una prudente prevención frente al coronavirus, se celebran eventos deportivos a puerta cerrada, se cancelan reuniones de trabajo y congresos internacionales y hasta se altera el mundo laboral (con las vagas instrucciones del Ministerio de Trabajo), la macrofemimanifestación del 8-M sigue adelante con los faroles.

Es un símbolo perfecto de la falta de igualdad de trato que caracteriza a nuestro tiempo. Del mismo modo que una agresión violenta tiene distinta consideración penal en el caso de ser perpetrada por un hombre a una mujer que en cualquier otra de sus posibilidades (mujer a hombre, hombre a hombre, mujer a mujer), para las reuniones masivas rigen muy distintos protocolos sanitarios según la causa que las convoque. Hay también una discriminación positiva para las aglomeraciones. Lo que resulta llamativo porque el coronavirus sí hace discriminación (¡el malvado!) por razón de edad, pero no (¡ni positiva!, el archimalvado) por razón de sexo.

Queda retratada la escala de valores del gobierno, sus socios y aliados. Son capaces de no prevenir un posible contagio de coronavirus con tal de ponerse la medalla del feminismo. Si esto ocurre con algo tan evidente y mensurable, imaginemos quién se va a atrever a cuestionar cualquier dogma, uso o costumbre feminista por asuntos más profundos o filosóficos o más a largo plazo o de efectos menos directos.

Las circunstancias nos regalan, además, dos ilustraciones. ¿Recuerdan la iglesia evangélica de Madrid donde se produjeron tantos contagios y que presumía de no condescender a tomar medidas de prevención, porque su fe está por encima de estas cosas? ¿Han visto los vídeos de los iraníes yendo a los centros de peregrinación como si tal cosa y hasta chupando (según su devoción) los objetos sagrados? Los paralelismos con la acción (omisión) fideísta del Gobierno nos sorprenden, aunque quizá no deberían.

He de hacer constar que no tengo nada contra esta manifestación, que estoy por la libertad de reunión y toda la pesca y que deseo fervientemente [sic] que no haya ningún contagio. Pero, celebrándose contra todos los consejos prudenciales, es más manifestación que nunca, pues manifiesta el carácter de dogma gubernativo y de tabú oficial que el feminismo ha adquirido en los últimos años. Sanitariamente, esta manifestación parece desaconsejable. Como muestra sociopolítica, resultará más significativa que nunca.

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