Los diccionarios de la lengua, cuando una palabra cae en desuso suelen calificarla de anticuada. Que es tanto como decir que en el léxico cotidiano ha quedado relegada a pura arqueología. Puede que pronto, los diccionarios deban darle tal calificativo a "dimitir" y a otra palabra complementaria: "autocrítica." Porque ambas han desaparecido de la circulación verbal en el mundo político, en el que antes gozaron de frecuente uso. Es difícil recordar a un responsable político que, en los últimos años, haya demitido de su cargo y justificado su decisión con alguna modesta autocrítica: "Me he equivocado", o "no he estado a la altura exigidas por tan difíciles circunstancias." Sin embargo, hubo una época no tan lejana -y recordada con añoranza- en la que tal cosa sucedía. Quizás, porque eran tiempos en que algunos políticos se entregaban a una causa ideológica o social pensando que podían ser útiles a su país, a su pueblo o a su barrio. Estaban cargados de voluntad y buenas razones, pero si el muro de la realidad les impedía que sus principios y convicciones salieran adelante, reconocían su impotencia o sus errores y, sencillamente, dimitían porque un imperante sentido de la responsabilidad les obligaba a ello. Explicando, a su vez, el motivo de su retirada, lo cual era una digna manera de autocriticarse. Pero todo eso ya es pura arqueología, sombras éticas del pasado, sin capacidad de conmover las conductas políticas actuales. Ni los principios ni las convicciones tienen ya que ser respetados, ni hay responsabilidades que fuercen a ello. Basta recordar cómo se ha impuesto esa triste ocurrencia retórica: "No es no, o sí es sí." Una retorcida manera de reconocer que un simple y habitual sí o no ya no compromete a nada. Pero si malo es que haya desaparecido la costumbre personal de la dimisión política, aún lo es más que los propios órganos de los partidos encargados de exigir responsabilidades hayan olvidado totalmente esa práctica. Cosa comprensible, porque quienes manejan los mecanismos internos de control han sido elegidos, directa o indirectamente, por aquellos mismos cuya dimisión deberían proponer. El resultado es que España está anquilosada, con problemas gravísimos y redimirla no es fácil. Pero ayudaría bastante que algunos -cuántos más mejor- políticos dijeran: "Me voy, dimito, porque pienso que me he equivocado ya demasiado, y quiero darle la oportunidad a otro para que lo intente en mi lugar" ¡Qué alivio público produciría tal decisión! Y además, estaría casi garantizado que, fuesen quienes fueran los sustitutos, el país no iba a empeorar.

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