Juan Antonio / Delgado

Días 3 y 4: Tremendas historias de pequeños supervivientes

La expedición penetra en un Haití devastado · En la frontera, algunos niños duermen en la calle y comen de la basura

(Desde Malpasse, Haití)

En estos momentos me encuentro en el puesto fronterizo de Malpasse, ya en Haití, a la espera de solucionar el trámite de la carga. Son las 10:37 horas del miércoles 3 de noviembre [16:37 horas de ayer en España]. Tiene que venir a recogernos el presidente del COI [Comité Olímpico Internacional] haitiano. Nos hace falta un documento para pasar la aduana. Si no viene, no podremos pasar.

Hemos contactado con la Minustah, la Misión de estabilización de las Naciones Unidas en Haití. En la comisaría nos han recibido José Rivera, agente de la Policía Civil de El Salvador, y el sargento Ramón Benítez, de la Gendarmería Argentina. Nos dicen que nos acompañarán hasta Puerto Príncipe. En un rato vendrá también Fernando López, un policía nacional español. En Puerto Príncipe también nos esperan varios compañeros guardias civiles.

Tal como vamos avanzamos hacia la capital vamos comprobando con nuestros propios ojos la magnitud del problema: casas destruidas, niños huérfanos, falta de agua y de alimentos, no hay medicamentos: un auténtico desastre. Haití necesita mucha ayuda. En los países ricos tenemos que concienciarnos de que aquí todos los días mueren muchas personas porque no tienen nada que llevarse a la boca.

Ayer [por el martes] hicimos noche en el pueblo fronterizo de Jimaní. Desde Santo Domingo hemos tardamos 6 horas en hacer 350 kilómetros debido al mal estado de la carretera por los primeros efectos del huracán Tomas, que cada vez se hace más intenso. No pudimos pasar la frontera porque uno de los camiones se retrasó. Nos alojamos en un hotel, si se le puede llamar así: no tenía agua corriente y la luz se fue varias veces. Era eso o dormir en la calle.

Allí fuera tuvimos que improvisar con una puerta vieja una mesa para cenar. Inmediatamente se nos acercaron tres niños de 10 u 11 años: Ifasan, Crisford y Freneson. Son haitianos y pudieron cruzar la frontera tras el terremoto. Los tres son huérfanos de padre y madre y no tienen a nadie. Noche tras noche, duermen en un solar cercano. Y comen lo que encuentran en la basura. Les dimos de cenar y les dejamos bastante agua embotellada. El cólera no perdona. A veces hay que hacer de tripas corazón ante las historias que te encuentras por el camino. "Es injusto -me decía un compañero- en España podríamos darles unas condiciones de vida dignas".

El lunes cerramos en santo Domingo nuestra primera etapa. Quedamos con el Padre Manuel en que nos enviará una memoria de las necesidades más urgentes en el orfanato que dirige. Nada más llegar a España nos pondremos manos a la obra. Está preocupado porque a partir del mes que viene dejan de recibir ayudas del gobierno dominicano y de otras instituciones. Y las 70 personas que viven en el centro tienen que seguir comiendo.

A los niños les encantaron nuestras cámaras de fotos. Son menores entre 2 y 10 años. Entre ellos me sorprendió Joan, un niño de 7 años que permanece en una silla de ruedas desde que nació. Es huérfano de padre y madre. Durante el terremoto estuvo 8 días bajo los escombros. Desde entonces, nadie lo ha reclamado. Es un niño encantador. Desde que llegamos, no paró de reírse. Estuvo todo el tiempo repartiendo besos y jugando. Se convirtió en el centro de atención por lo simpático y cariñoso que es y por su situación especial.

También había otras dos pequeñas en sillas de ruedas. A Cristina le tuvieron que amputar una pierna como consecuencia del terremoto, pero paseaba sin ningún problema por el patio. También estaba Romeo: nada más que quería que le hiciésemos fotos bailando con un hula-hoop improvisado con una manguera.

Aquel fue nuestro primer contacto con niños haitianos víctimas del terremoto. Fue una experiencia sobrecogedora. Nos dieron a todos una buena clase de autosuperación. ¡Y con qué dignidad!.

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