Editorial

Día del trabajo, récord de paro

LA celebración, ayer, del Primero de Mayo, Día Internacional del Trabajo, ha venido marcada en nuestro país por los datos del desempleo conocidos la semana pasada, que sitúan a España en una posición de récord dentro de la Unión Europea, y por la previsión oficial del Gobierno que confirma que la situación irá a peor en los próximos años y no augura un crecimiento económico suficiente para generar empleo hasta el lejano 2019. Este escenario ha sido calificado por lo sindicatos como de emergencia nacional y ha centrado las ochenta manifestaciones celebradas en España en la urgencia de un acuerdo nacional que concite los esfuerzos de todos los agentes sociales y políticos y las instituciones en la dirección de combatirlo. Las manifestaciones han puesto el énfasis en la necesidad, compartida por los partidos de izquierda, de corregir la política económica del Gobierno colocando el punto de mira colectivo en el crecimiento y el empleo en vez de la austeridad y los recortes que caracterizan la estrategia gubernamental desde el triunfo electoral del PP. Las centrales sindicales convocantes han advertido que continuarán con las movilizaciones mientras no se produzca esta rectificación. Con todo, las manifestaciones de este año, siguiendo la tónica de años anteriores, se han hecho notar por la escasa participación de trabajadores y ciudadanos, sin que quepa achacarle su fracaso objetivo al carácter festivo de la jornada. Tampoco a que, como ha pretendido un portavoz el PP, los españoles no estén descontentos con la situación que vive el país o estén de acuerdo con la política que desarrolla el Gobierno. El malestar existe y, aún más, no puede calificarse más que como creciente, al igual que la desconfianza ciudadana hacia el Ejecutivo que preside Mariano Rajoy. Lo que el fiasco de las manifestaciones de ayer pone de manifiesto es que la desafección se extiende también a los sindicatos convocantes, cuyo prestigio, e incluso legitimidad, vienen siendo cuestionados a causa de los escándalos que protagonizan, así como por la creencia colectiva en que son instituciones anquilosadas, excesivamente dependientes de la financiación pública y alineadas en la disputa política, ya que sus protestas fueron mucho más suaves y matizadas cuando el Gobierno anterior, controlado por los socialistas, inició la senda de los recortes y llevó al país a superar los cinco millones de parados. Las razones para la protesta, el Día Internacional el Trabajo o cualquier otro, son amplias y profundas, pero las cúpulas sindicales no han demostrado estar en condiciones de atraer tras sus banderas a los millones de ciudadanos que están siendo duramente castigados por la crisis.

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