En sus desvaríos, todo un jefe de la Policía Local de El Puerto llega a pensar que ha de servir y proteger mientras vista el uniforme, pero que puede insultar gravemente a los ministros y alimentar la crispación en sus ratos libres. Su caso es sólo un síntoma de la locura colectiva que nos sacude. Los expertos no saben si los más exaltados son reflejo del gallinero en que se han convertido las instituciones, o si son sus dirigentes los que se contagian de la tensión de la calle. La gente está tan empachá de sus políticos, que no distingue al torpe del que se lo lleva, ni a los listos de los agradaores. Devolverle la confianza parece sencillo, pero si los extremistas marcan el debate, no esperen milagros. Ya no se respeta ni el luto nacional. Que Vox presida la Comisión sobre la Recuperación de Andalucía, tras oponerse a su existencia, es tan absurdo como creer que Pablo Iglesias, todo un profesional de la provocación, va a liderar la reconstrucción nacional con el corazón en la mano.

A los radicales se les da mucho mejor alterar el ambiente inventando enemigos donde no existan, que tender puentes. Ellos temen los tiempos de calma porque se apagan como una vela. Cuando la ciudadanía empezaba a leer la prensa por las páginas de deportes, sociedad y entretenimiento, y pasaba de puntillas por los debates parlamentarios, los agitadores que parecen sufrir una ansiedad permanente apenas tenían voz ni voto. Pero hoy que gozan de más protagonismo, contaminan el ambiente y hasta los chiquillos hablan de política. A medida que los gobernantes han adoptado una actitud tan suicida para tratar de enterrar al adversario con descalificaciones, renunciando a la dialéctica, la tensión se ha disparado, como indica el odiómetro nacional.

Antaño, en este país apenas se discutía sobre el mundo político. En Cádiz, el fanatismo por su Carnaval salpicaba a todas las capas sociales. La obsesión hasta por la menor pamplina que afectara a sus autores y agrupaciones degeneraba hasta tal punto, que casi no se hablaba de otra cosa. Ni de la fuga de su talento ni de su desgaste. Antes de la gran recesión de 2008, la gente sabía vivir y no le iba mal del todo, entre la indolencia y la despreocupación, frente al rigor y la eficiencia del Norte, siempre tan serio. Pero la crisis financiera despertó una fuerte corriente de indignación que canalizó la nueva política. Los líderes emergentes impulsaron cambios tan rápidos como radicales, pero tan pronto accedieron al poder copiaron los vicios de la vieja política. Dirigentes tan extremistas como Pablo Iglesias y Santiago Abascal, tan diferentes en la forma, coinciden en el fondo. En su afán por llegar al Congreso, prometieron el paraíso y renunciaron a su rango para ser adoptados por la plebe. Los dos crecieron bajo el poder asambleario, regalando el trigo e instigando una revuelta populista. Y ahora ambos, una vez logrado el objetivo, gobiernan sus partidos con mano de hierro y parecen incapaces de rebajar el tono. Entretanto, este país, esta provincia, que necesitan de la unidad para salir adelante, asisten a otra crisis. La tasa de actividad económica e industrial de Cádiz es tan desazonadora como su renta. Pero del futuro no conviene hablar a unos y otros: es mejor entretener al pueblo con carajotadas. Si la clase dirigente conservara un solo gramo de inteligencia, alcanzaría acuerdos antes de que los desvaríos se vuelvan contra todos. Descalificar al rival hablando más de la cuenta, al final, no trae nada bueno. Que se lo digan al policía portuense.

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