El tresillo de las coplas

Desarrollo y Teoría del Pisotón Cupletero

UNO de los momentos más desubicantes del concurso es cuando te pisan una letra. Maldices a Momo y a la Bruja Piti en arameo, y te acuerdas de la estirpe completa del que te pisa la coplita. El pisotón se desarrolla en varias fases. Primera, la fase de preocupación desenfadada. Tienes un cuplé guardado, buenísimo (o al menos a tí te lo parece) diciendo que Paquirrín es muy feo. Por ejemplo. Algo cotidiano. Total, que empiezas a escuchar tranquilamente un cuplé de una agrupación cualquiera, que no tiene porque ser ni de tu misma modalidad. Y el cuplé se inicia hablando de la Pantoja. Ahí tienen la preocupación desenfadada. Piensas “A que al final lo tiran por Paquirrín…no creo”. Le pones atención a ver por donde sale la historia. El cuplé avanza y a falta de cuatro versos aparece Paquirrín, y las frases van terminando en “apogeo”, “balcuceo” y otros palabros que van en busca de la rima temida. Esta es la segunda fase: Preocupación severa. De tu boca sale un “¡Ojú, ya verás!”. Ipso facto, la agrupación remata el cuplé, y efectivamente, lo acaba resaltando la escasa belleza del mancebo pantojero. Tracatrá. Se abre la fase de reacción, que a su vez, se divide en tres subfases: enojo, autoconsuelo y solución. El enojo consiste en insultar mucho a todo el mundo. Según el pique y el veneno del receptor del pisotón, este cabreo papelillero puede durar hasta el estribillo, hasta que acabe el popurrí, o hasta el Carnaval siguiente, que los hay. A continuación, el autoconsuelo que se expresa en frases tipo “Nuestro cuplé es mejor”, “A éste no lo ha escuchado nadie”, “Da igual, lo ha cantado un coro”, o el clásico “Bueno, pero lo mismo no lo cantábamos” (Mentira gorda…se iba a cantar). Y por último, la subfase más compleja: la solución. Poner un termo de café, autocastigarte (“No debería haber hecho el cuplé de Paquirrín que está muy visto”), y ponerte a hacerle uno a las orejas del Kichi, que seguro que no lo lleva nadie.

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