🍨🍨 La Ibense de Sanlúcar no cierra

No suele recordarse que Carlos Marx, quien del mismo modo que su predecesor y maestro Hegel había estudiado en profundidad a los pensadores griegos, dedicó su tesis doctoral a analizar la diferencia entre las filosofías de la naturaleza de Demócrito y Epicuro. No extraña por ello que las herramientas y categorías marxianas, o sus distintas reinterpretaciones en el plano de la teoría, dejando al margen la praxis política, hayan sido aprovechadas por los filólogos clásicos y los historiadores de la Antigüedad -y por los académicos de otras muchas disciplinas- como inspiración para proponer análisis valiosos, por lo general atentos a lo que revelan las fuentes sobre realidades ocultas, invisibles en los relatos tradicionales. Un ejemplo claro y de altísimo nivel lo tenemos en el clasicista italiano Luciano Canfora, a quien debemos excelentes páginas acerca de aspectos habitualmente desatendidos o reflexiones muy lúcidas sobre cuestiones o conceptos, como la demokratía, de los que creemos saberlo todo. De un modo u otro, Canfora tiene siempre presentes los problemas contemporáneos cuando aborda los tiempos antiguos, y en ello reside buena parte del impacto, no exento de polémica, que ha acompañado a sus publicaciones. ¿Hasta qué punto la época dorada de Atenas, caracterizada por la democracia, el imperio y la hegemonía, no ha sido una construcción posterior, en parte sesgada? ¿Cuánto hay de verdad en la idea de la sociedad ateniense, dirigida de hecho por una oligarquía implacable con sus enemigos, como una avanzadilla de progreso? Esa idea tiene una de sus matrices en la hermosa oración fúnebre de Pericles, la figura que dio nombre a su siglo, transmitida en las palabras -no exactamente celebratorias- del historiador Tucídides, pero no fue indiscutida entre los griegos, ni siquiera entre los propios atenienses, y quizá ha sido asumida por la posteridad de una manera demasiado acrítica, a menudo autocomplaciente. Para Canfora, las recreaciones de la grandeza de Atenas pasan por alto el distanciamiento con el que muchos griegos, no sólo los aliados de Esparta, acogieron el ampuloso discurso del poder ateniense. Hubo el llamado espejismo espartano, por el que destacados ciudadanos de Atenas sucumbieron a la seducción de su rival, pero en otro sentido cabe hablar de un espejismo ateniense que en gran medida fue inducido por Roma y sería explotado después por todos los defensores del imperialismo. Se trata de contextos muy distintos, desde luego, pero al cuestionar el mito de la democracia originaria, Canfora está sugiriendo que su realización actual resulta no menos engañosa y está igualmente sujeta a la manipulación interesada.

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