EL año pasado el Parlamento andaluz decidió revisar el tradicional homenaje a Blas Infante. Una maniobra impulsada por la mayoría socialista trasladó la conmemoración debida al padre de la patria andaluza al mes de julio, al día en que se celebra el aniversario de su nacimiento, en lugar del 11 de agosto, que es cuando se cumplen años del asesinato que le confirió para siempre la condición de mártir de la autonomía de Andalucía. No había más razones para el cambio que las vinculadas al interés de la clase política: el 11 de agosto los parlamentarios están de vacaciones y eso dificultaba su participación en el acto que tenía lugar en la carretera de Sevilla a Carmona, allí donde fue ejecutado en los albores de la Guerra Civil y donde anualmente se producían protestas airadas de ciudadanos críticos con la situación de la comunidad autónoma. Otro argumento, pues, para alterar la fecha de la conmemoración y para celebrarla en el Parlamento. En la edición de este año, que tuvo lugar el pasado martes, dos de los portavoces parlamentarios aprovecharon sus intervenciones, que debían tener un sentido institucional, para dar al acto un sesgo partidista caracterizado por la utilización abusiva de la figura de Infante en favor de sus posiciones de última hora. El portavoz del PSOE, Mario Jiménez, afirmó que "Blas Infante fue un andaluz indignado; indignaos, quiso decir a los andaluces". El de Izquierda Unida, Diego Valderas, no se quedó atrás:"Con toda seguridad, en estos tiempos, Blas Infante estaría con los indignados en las plazas de Andalucía, junto con los desahuciados, con los cabreados con un sistema injusto; estaría con la rebeldía". No, señores portavoces. Blas Infante fue hijo de su tiempo, tuvo las ideas que tuvo en aquel momento histórico que poco tiene que ver con el actual. Manosearlo setenta y cinco años después de su fusilamiento para arrimar el ascua a la sardina de cada cual no añade nada a su figura ni a su trayectoria al servicio de Andalucía. Si acaso, retrata una clase política oportunista y de escasos escrúpulos intelectuales.

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