Es decepcionante que los debates electorales se produzcan en este país a capricho de quien esté en el poder o encabece las encuestas. Pero esa es la norma. En este caso, el antojo es doble: el que gobierna lidera los sondeos. Su entorno le dirá que no corra el menor riesgo y si lo hace que sea para su propio beneficio. Así que Sánchez deja la pose presidencial y hace a los españoles una trampa oportunista: habrá un solo debate en una televisión privada y con Vox. Vox es el comodín del PSOE ahora, lo mismo que Podemos fue la coartada del PP en 2015 y 2016. "O yo o los radicales", decía Rajoy. Y sacó provecho del miedo que inspiraba Iglesias entonces, dispuesto a acabar con la Constitución y el régimen del 78, que consideraba heredero de la dictadura.

Hoy es distinto; Unidas Podemos ha hecho un librito de campaña con un programa social inspirado en la vilipendiada carta magna. Y a pesar de su deterioro ante la opinión pública, acude a las elecciones con posibilidad de gobernar. Pero no son ellos los que inspiran miedo en esta campaña, sino Vox. Por eso los elige Sánchez para su debate de encargo: que se peleen las tres derechas y él a decir "o yo o estos peligrosos radicales de Vox". Sánchez está exactamente donde estaba Rajoy en 2015, sólo que cambia el populismo de Podemos por el de Vox. Aunque hay que recordar que Rajoy no se atrevió entonces a ir al debate a cuatro y mandó a Soraya Sáenz de Santamaría.

Lo que sí hubo en 2015 fue un cara a cara entre los líderes de los partidos clásicos. Aquél en el que Sánchez llamó "indecente" a Rajoy y el presidente, en un acto fallido, le llamó "ruiz". Ese fue el último debate a dos. De las 14 elecciones que ha habido en España en democracia, incluida esta del 28-A, sólo hubo debates cara a cara en cuatro convocatorias: 1993 entre González y Aznar (dos), 2008 entre Zapatero y Rajoy (dos), 2011 entre Rubalcaba y Rajoy, y 2015 entre Rajoy y Sánchez. Suárez no los quiso en los 70, González los evitó en los 80 y sólo accedió en el 93, porque llegó en apuros. Aznar no los concedió en 1996 ni en 2000. Rajoy tampoco quiso en 2004, ni en 2016. Y ahora es Sánchez el que rehúsa. No se puede decir que sean una tradición. Al contrario, lo habitual es el escapismo.

Con estos antecedentes de su partido y con su endeble papel en la campaña, Casado no tiene argumentos para la queja. Aunque se comprende el lamento del jefe del PP. Se está jugando su puesto de trabajo y quizá hasta la supervivencia de su empresa: ambos seriamente amenazados por la incapacidad de su líder y el auge de Vox.

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