De alguna peligrosa manera, de un tiempo a esta parte, todos los lunes me parecen cyber monday. Y no, nada tiene que ver con las rebajas que nos asaltan hoy, como fuegos artificiales, desde móviles y ordenadores. Cyber monday porque tengo la sensación de que la realidad, su versión más carnosa, más física, más material, ha quedado reducida al par de días en el que se resuelve un fin de semana. En el fin de semana viven los brazos fornidos de la familia; las bocas abiertas, risueñas, grandes, de los amigos; las cinturas, que son hogares, de las parejas; las babas y achuchones de las mascotas. En el fin de semana puedo medir una calle, anchura, largura, profundidad; percatarme del peso de la bolsa de naranjas; dejar que la mar entre por los orificios de la nariz y me inunde los pulmones... Los cyber monday abro los ojos, enciendo las pantallas y apago la realidad. El mundo ya es sólo un reflejo a través de un gran cristal.

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