La firma invitada

Javier Gil Guerra

Cuestión de derechos

Desde la aparición del VIH/sida, numerosas son las respuestas que se han planteado, principalmente dirigidas a informar sobre las vías de contagio y posibles medidas de prevención. Estudios recientes sostienen que un 85% de los y las jóvenes con edades comprendidas entre 16 y 20 años reciben actualmente educación sexual en la escuela, un porcentaje muy superior al de generaciones anteriores. Fruto de esta labor socioeducativa, los y las jóvenes constituyen la franja más concienciada ante el peligro de contraer sida.

Sin embargo, uno de los problemas más graves que se presentan con la epidemia del sida tanto entre los y las jóvenes como entre el resto de la sociedad es la discriminación por parte de distintos sectores hacia las personas afectadas por el virus. Esta discriminación de los afectados y afectadas ha existido desde la aparición de la enfermedad y el conocimiento de las formas reales de contagio no ha acabado con este fenómeno, que incluso se ha ido incrementando, con lo cual queda en evidencia que la causa de ella no es la falta de información, sino el que podríamos llamar "imaginario del VIH/sida", que está constituido por una infinidad de imágenes e ideas que socialmente giran alrededor del problema en sí y dificultan un abordaje directo y más efectivo de la epidemia.

Por ello, ahora que se ha celebrado hace poco el Día Mundial de la lucha contra el Sida es preciso afirmar que para que las medidas contra el VIH/sida sean eficaces es fundamental, sin descartar la importancia de un saber adecuado sobre las vías de contagio y prevención de éste, afrontar al estigma y la discriminación.

La discriminación está basada en prejuicios (que siempre son juicios anticipados, no elaborados) y constituye una violación de la dignidad y los derechos fundamentales de las personas con VIH o que han desarrollado sida al negar, restringir o suspender los derechos que tiene todo ser humano, frustrando su acceso a la igualdad y la justicia social, porque el temor a la discriminación puede impedir que las personas soliciten tratamiento contra el sida o reconozcan públicamente su estado serológico respecto al VIH y entorpece los esfuerzos de las políticas de salud, debido a que aleja a las personas afectadas por el virus de los servicios de salud, asistencia y educación necesarios para prevenir la expansión de la epidemia; ocasiona una división en la sociedad entre enfermos y sanos, y fomenta la intolerancia hacia determinados grupos que, en forma errónea, han sido percibidos como la representación de la enfermedad.

Además, constituye una medida de prevención fallida y da lugar a la exclusión social, pues consiste en suponer que apartándose de un sujeto o grupo de sujetos a quienes se supone infectados, se está a salvo del contagio, empleando como argumento para justificar esta actitud un pretendido conflicto entre los derechos de la mayoría no infectada y los de las personas con VIH o enfermas de sida; ante este aparente enfrentamiento y bajo el resguardo de la supuesta necesidad de proteger la salud pública, frecuentemente y de manera arbitraria, se violan los Derechos Humanos de quienes padecen esta enfermedad.

Y esta exclusión engendra falta de implicación e inacción social, haciendo que las personas se refugien detrás de un muro de silencio e impidiendo la movilización social, que ha demostrado ser el arma más eficaz en la lucha contra la epidemia.

Debido a esto, debemos continuar alentando a las personas para que rompan el silencio y luchen contra el estigma asociado al VIH/sida, entendiendo que el VIH es solamente un virus y no una forma de ser.

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