Educación Un gaditano consigue la devolución del dinero de un máster contratado que no cumplía las expectativas

Cambio de sentido

Cuestión de clase

El bicho y su ruina muerden más a quienes no tienen baja laboral, coche o un caño para lavarse

Al final va a resultar que el virus sí entiende de clases sociales, que el bicho y su reguero de ruina muerden más duro a quien no puede guarecerse en los socaires de una baja, un coche para sí o un caño donde lavarse las manos. Puede ensañarse, no digo que no, en una orgía de melifluos nostálgicos de la Gauche Divine, o en una francachela en Córdoba del príncipe Joaquín de Bélgica, puede cargarse a principales y desahogados, a ministros y a ministriles. Hay un punto al que -es cierto- se llega, y hace iguales a los que viven por sus manos y los ricos. Pero tienen más papeletas para llegar rápido y sin elección quienes viven expuestos al virus. He aquí un inmenso factor de desigualdad.

Desde que la ciudad donde vivo está confinada, he viajado varias veces por trabajo, en una ocasión rumbo a Madrid y, en otra, hasta un pueblo en Jaén. En el viaje a Madrid, la Policía me exigió a las puertas del AVE mi salvoconducto, pasé mi equipaje por el control y una azafata me dio los buenos días, un tarro de gel y dos toallitas desinfectantes para usarlas en las superficies. Me prometieron que cada siete minutos se renueva el aire del vagón. En cambio, en el viaje a Jaén -de duración extrema, tardo menos en trasponer a Nueva York que a muchos pueblos de Andalucía en transporte público- todavía estoy esperando a que la autoridad competente me pregunte adónde voy y qué motivo me lleva. Control de seguridad no hay, y geles, ni en pintura. Desde Espeluy hay que seguir en autobús, como en otros trayectos de media distancia -los que van quedando, y con horarios imposibles, que le pregunten a la gente de Osuna, Pedrera o Aguadulce, y a los viajeros del MD Sevilla-Málaga, de cuya situación nos informó Trinidad Perdiguero-. El resto del trayecto fue en varios autobuses que, localidad a localidad, se iban llenando más allá de límite de aforo, de ojos de hambre y de hombres que no saben nuestra lengua, que viajan de un pueblo a otro con un edredón, y se apostan en sitios visibles a la espera de que alguien les haga una señal y se los lleve a trabajar al campo, quién sabe a cambio de qué jornal. Esto está sucediendo ahora mismo en los caminos. No se extrañen si en los pueblos de Andalucía se disparan los casos de covid. Pandemia, miseria, mi tierra invertebrada, polarización, posiblemente explotación, brecha, menos medidas, control y cuidado a quienes más papeletas tienen para enfermar, contagiar y morir. Qué precioso siglo XXI se nos está quedando.

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