La firma invitada

Crisis y utopía doscientos años después

HACE poco más de doscientos años, España vivió una de las mayores crisis de su Historia moderna como Estado independiente. La invasión de las tropas napoleónicas puso en cuestión, precisamente, la independencia de España. La encarcelación de Fernando VII y la imposición de un soberano extranjero provocaron la rebelión popular, la creación de las Juntas de Defensa y, a través de estas, la convocatoria de la Cortes Extraordinarias y Constituyentes en San Fernando el 24 de septiembre de 1810 que, posteriormente se trasladarían a Cádiz de la que aquellas Cortes tomarían su nombre y pasarían a la historia como las Cortes de Cádiz.

Sirva esta breve introducción histórica para poner de relieve una conexión interesante. Ante una de las situaciones más convulsas vividas hasta entonces, ante la invasión, la solución adoptada fue la de la convocatoria de unas Cortes Constituyentes que dieron lugar a dos textos trascendentes en el camino de libertad de las sociedades modernas. En primer lugar, el Decreto de Libertad de Imprenta de 10 de noviembre de 1810 y la Constitución de Cádiz de 19 de marzo de 1812.

Pasados doscientos años y mirando con ojos de nuestra época, en el texto de la Constitución de Cádiz quedan aún lejos de contemplarse conceptos esenciales de los derechos humanos como la soberanía popular, la libertad de culto, la democracia, etcétera. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que la Constitución de Cádiz es un texto rupturista para su época que se erige como un referente constitucional en la línea de las Constituciones americana y francesa de finales del siglo XVIII y un paso más en la construcción del concepto de ciudadanía.

La enseñanza que nos deja aquel período histórico es que la crisis que provocó la ausencia del monarca y la invasión extranjera se convirtió en una oportunidad para las ideas liberales, en el verdadero sentido del término liberal, de dar a luz un sistema más igualitario, que acabase con la sociedad estamental y en el que el Gobierno se convirtiera en adalid de la felicidad del individuo puesto que, como decía el artículo 13 de la Constitución de Cádiz "el fin de toda sociedad política no es otro que el bien estar de los individuos que la componen".

La época que nos ha tocado vivir nos plantea otro reto de notable importancia a los ciudadanos. La crisis ahora no es por la invasión militar de un ejército extranjero sino que adquiere unos límites difusos y complejos. En un mundo globalizado que nos ha tocado vivir, la crisis hipotecaria de 2008, se convirtió pronto en una crisis especulativa que, a su vez, se transformó en crisis bancaria. La crisis bancaria arrasó al conjunto del sistema hasta alcanzar las cotas de crisis económica que sufrimos. En el fondo, una crisis sistémica que todo lo abarca y todo lo invade.

La sociedad civil asiste atónita a ese proceso de transformación de la crisis, sin llegar a comprender si se ha detenido ya o en qué punto se detendrá. Los acontecimientos nos muestran a gobiernos, elegidos democráticamente, que a duras penas se tienen en pie ante los envites del verdadero poder, el poder económico, que harto de la pantomima de manejar títeres desde la sombra ha decidido tomar las riendas y, bajo el eufemismo de "los mercados" plantea que la salida a la crisis pasa por un capitalismo más implacable, que profundice en las desigualdades sociales, que restrinja los derechos, que se olvide de los que menos tienen para favorecer a los que llenaron sus bolsillos y no están dispuestos a repartir. Se llega a poner en cuestión, incluso, libertades como la de prensa, que ya contemplaban en sus textos las Cortes de Cádiz.

Ante esas perspectivas, a la sociedad civil le quedan dos posibilidades. Una, la del fatalismo acrítico: aceptar lo que sucede en las altas instancias como una realidad que nos supera, con respecto a la que nada podemos hacer y ante la que sólo nos queda conformarnos. Otra, la de la utopía. La de recorrer ese camino hacia la esperanza con la reflexión, la solidaridad y la justicia como ejes fundamentales. Una utopía similar a la de aquellos Diputados en las Cortes de Cádiz que, pese a la situación de guerra, insistieron en poner las de un Estado más justo y más igualitario, en transformar a los españoles de súbditos a ciudadanos.

El ejemplo de las Cortes de Cádiz es una buena excusa para pensar que en momentos convulsos como estos nos debemos involucrar en el esfuerzo de construir un mundo mejor, aprovechar la situación de crisis para poner los cimientos de una nueva realidad. Una nueva realidad que pasa por retomar conceptos universales que deben seguir vigentes y, entre ellos, los Derechos Humanos, en su definición dada en la Declaración Universal por la Asamblea de las Naciones Unidas de diciembre de 1948.

Es cierto que el futuro no deja mucho margen para el optimismo. La profundización en las desigualdades, el temor al diferente, la pérdida de libertades en aras de una supuesta seguridad, las restricciones de los derechos políticos y económicos. Pero la sociedad civil, nosotros, tenemos la oportunidad de exigir la construcción de un mundo más justo.

Están serán las cuestiones que estarán presentes estos días, del 3 al 5 próximos, en la Facultad de Filosofía de Cádiz en las Jornadas que organiza la APDHA.

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