Con la venia

Fernando Santiago

fdosantiago@prensacadiz.org

Cotillas

A la gente no le gustan los buenos rollos. Quieren saber mejor si al vecino (o a la vecina) le han puesto los cuernos

Somos un país de porteras. A todos nos gusta mirar por el ojo de la cerradura para saber lo que hace el vecino, poner la oreja en la conversación de la mesa de al lado con el fin de enterarnos de los líos de los demás. Los asuntos de cuernos son siempre los más interesantes, qué duda cabe. Por eso tienen tanto éxito esos programas que llaman reality" que es la palabra inglesa para mencionar la realidad, por lo que para conocer las vidas de los demás nos ponemos a ver Gran Hermano, Sálvame, La Isla de las Tentaciones, First Days y todas esas cosas. Millones de personas se pegan cada día al televisor para saber si Antonio David le pegaba a Rociíto o para saber la enésima pelea de Kiko con Isabel Pantoja. Un grupo de teóricos expertos opinan sobre la vida de otros e incluso nos cuentan interioridades de la suya. He sido testigo de cómo negociaba una famosa con un jerifalte de Telecinco cuánto le iban a pagar en función de las intimidades que estaba dispuesta a contar. También he asistido a la negociación de una teleserie sobre un personaje famoso, siempre se paga por el tamaño del escándalo, si lo que van a contar es escatológico, hay cuernos, malos tratos y cosas así. Una vez quisieron hacer en los EE.UU. un periódico solo de buenas noticias al que pusieron Good News. Duró un mes. A la gente no le gustan los buenos rollos. Quieren saber mejor si al vecino (o a la vecina) le han puesto los cuernos, a poder ser con todo lujo de detalles. Por eso tiene éxito las cosas que escribe Ignacio Casas, porque nos enteramos de la vida de los demás: miramos con interés quién se ha jubilado, quién se ha casado, si conocemos a alguno de los invitados. Observamos con atención cómo iban vestidos a la boda del hijo de tal conocido, con el consabido chaqué que antes era signo de distinción y ahora hasta los hijos de los obreros los usan en la ceremonia, ya no hay distinción entre la boda de alguien con apellidos compuestos y residencia en Vistahermosa que los hijos de un tendero con la hija de un hostelero. También nos fijamos en las casas que nos pone Ignacio los domingos, solo si nos dice de quién son. Cuando es una casa misteriosa, carece de interés. Pero si es de unos amigos o de la hija de un conocido, la cosa es diferente, porque sabemos de quién se trata. Las casas propiedad de alguien que quiere permanecer oculto no tienen relevancia. Para completar el cuadro tipo Hola faltaría que el propietario salga en la foto tipo "Isabel Preysler nos enseña su nueva casa" , un clásico del género Ecos de Sociedad. De las familias de los lunes solo le prestamos atención a las que conocemos de toda la vida. Así se desgrana la vida gaditana, cuando damos rienda suelta a nuestro espíritu cotilla.

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