En román paladino

RAFAEL / ROMÁN

Corazón helado

ASí se me quedó el corazón -helado- cuando leí en uno de los mejores historiadores contemporáneos escribiendo sobre la dureza del periodo de entreguerras -entre la primera y la segunda guerra mundial- y sus consecuencias posteriores para Europa. Tony Judt explica que las principales economías occidentales "no volvieron a situarse en los niveles de 1914 hasta mediados de la década de 1970, tras muchas décadas de contracción y protección". Considero exagerada la afirmación pues el mismo autor sitúa la remontada en otras obras en los finales de los años 50. En cualquier caso se trata de un periodo de entre cuarenta y cincuenta años de retroceso económico continuado.

No estamos en esas, pero empieza a parecerse. La sensación de regresión se acrecienta en la zona euro y sufrimos un declive -al menos un estancamiento- preocupante. En aquellos años la locomotora externa a Europa fue Estados Unidos, ahora la locomotora coge más distante, China. Poco consuelo porque se trata de un régimen político autocrático, de comunismo burocrático, que ha introducido mecanismos de mercado y hace una competencia feroz con salarios bajos y ausencia de derechos sindicales y falta de libertades públicas, lo que ha permitido el traslado de la producción industrial y tecnológica a su país y a su nueva zona de influencia.

Hace solo pocas semanas los representantes de la Troika (Fondo Monetario Internacional, Comisión Europea y Banco Central Europeo) han pedido al gobierno griego más ajustes. Han demandado la rebaja del salario mínimo de 586 a 350 euros (en España está en 645,30), el abaratamiento de los despidos y una nueva regulación contra las huelgas que quite derechos laborales a los huelguistas. La introducción de los "mini trabajos" con 350 euros, sin seguros sociales ni derechos laborales se ha puesto en el tablero. No es que los trabajadores chinos se acerquen a nuestro nivel de vida y derechos sino que los trabajadores europeos se aproximen a los asiáticos.

La salida de la crisis se quiere hacer no en base a unas nuevas normas internacionales de respeto a los derechos sociales sino sobre su aniquilación, y la mano de obra parada, que se cuenta por millones, se quiere utilizar como espada de Damocles sobre toda la clase trabajadora y funcionarial para tragarse los avances sociales, los convenios, las pensiones, los servicios médicos y las becas. Sin más.

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