VIVIMOS tiempos en los que triunfa lo esporádico, no digamos ya lo banal, lo intrascendente. Puede que sea fruto de la  inmediatez, cosas de la generación del clic, de esta acelerada manera de vivir y de disponer, casi al instante, de buena parte de lo que se necesita para andar por la vida mediante el sencillo gesto de sacarse el móvil del bolsillo. A cambio, tengo la percepción de que se está dejando de lado la constancia, ese lento pero seguro camino que, quizás, no garantiza el éxito pero abraza con mimo cada acción y cada proyecto que se emprende. Al final, es cierto que cada persona es libre de afrontar sus situaciones como mejor le convenga, como mejor crea que puede llegar a alcanzar su objetivo, pero pedir que se valore la constancia y el esfuerzo no está reñido con esa libertad. Porque valorar las cosas que se tienen y que se logran, aunque suene a antiguo, va en proporción de lo que cuesta conseguirlas.

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