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Este otoño podríamos tener elecciones andaluzas y catalanas al mismo tiempo. Noviembre sigue siendo una opción para el estado mayor de Susana Díaz, y el fantasma de Puigdemont declaró ayer al diario piamontés La Stampa que "si sigue la persecución" habrá elecciones en Cataluña en cuanto puedan convocarlas, a partir del 27 de octubre. El independentismo sigue con su matraca, como se vio en la investidura de Torra. Con una intervención del candidato que provoca desazón. La abstención de la CUP no permitió su elección ayer, pero dejó mala sensación: ignoró a la mitad de Cataluña que no desea la independencia. Arrimadas en su réplica le dijo que no parecía que hubiese venido a gobernar Cataluña sino a dirigir un CDR, los grupos de acción radicales conocidos como comités para la defensa de la república.

El aserto británico según el cual la política hace extraños compañeros de cama se confirma en cada episodio del culebrón soberanista. Ya era chocante que una fuerza de izquierdas como ERC y otra anticapitalista como la CUP se aliasen con los representantes convergentes de la alta burguesía catalana. Y más aún ver a teóricos defensores de la moral pública apoyar sin reservas a los herederos de la corrupción pujolista. Pero todo ha sido mejorado en esta temporada de la serie: ha entrado en escena el cuarto candidato de los independentistas, y resulta ser un personaje de la derecha nacional católica (nacional católica estelada, por supuesto) con el que congenian creyentes y agnósticos. Comparten experiencia religiosa: la de un solo pueblo, la del pueblo elegido, la del pueblo superior. Torra resulta ser un xenófobo supremacista sin complejos.

Ha sido fascinante contemplar la puesta en escena del vicario de Puigdemont. Por ejemplo, su foto rindiendo pleitesía al fantasma, en las vísperas en Berlín, con una Virgen de Montserrat pequeñita de testigo entre ambos. (Este culto a los iconos del nacional catolicismo catalán recuerda alguna de las costumbres del dictador, con su mano incorrupta de Santa Teresa siempre cerca de él). La escena berlinesa nos ofrece más información. Por ejemplo, al jefe carlista acomodado en un sillón más alto que el sofá que ocupa su empleado provisional.

En el debate, Torra explicó poca cosa que no se refiriese al relanzamiento de un proceso constituyente de la república, movilización callejera en el plano interno y campañas de propaganda en el extranjero. Arrimadas le hizo una larga lista de asuntos fundamentales sobre los que no dijo una sola palabra: deuda, desigualdad, listas de espera, pobreza, medioambiente… Iceta le pidió que sea cual sea el despacho que ocupe, recupere las instituciones y ejerza de presidente. Ambos le afearon sus escritos antiespañoles. Alguno escalofriante, como "si España se equivoca y nos envía los tanques, ganaremos mucho; ojalá nos los envíen porque podremos ganar alguna simpatía". Este es el hombre que llega. Una joya.

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