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Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Comida de empresa

Esos ágapes y sobremesas tenían sentido cuando pagaba la empresa como gratificación y para insuflar buen rollito

Hemos asumido con resignación que nuestras principales capitales de provincia y no pocos de nuestros pueblos viven del turismo. Más que del turismo deberíamos decir de la hostelería, es decir, de negocios que crean empleo de baja calidad. Quizá con el tiempo nos llamaremos Camarerilandia, o Bar Town Ltd., y seguiremos creyendo que los bares, las franquicias, las heladerías que surgen como champiñones y las cafeterías multinacionales son los salvavidas de nuestra competitividad, en un ejercicio de Análisis Económico Mágico: mira que uno conoce gente, pero no tengo ningún conocido que viva de ese maná de chancla, axila para tus ojos o conjunto Decathlón. Volver como cada año -otra vez, sí- a escribir sobre las comidas navideñas de empresa es una pequeña pedrada sobre el tejado de nuestra terciarizada estructura económica regional. Muchos restaurantes hacen su diciembre con estas comidas de organigrama que rompen en gintónic. No creo que ningún negocio sufra estas palabras de disidencia renovada.

Habrán vuelto a toparse en una terraza, un restaurante o un bar de copas con alguna de esas reuniones fraterno-beodas: grupo heterogéneo, cercano a la paridad de géneros, ruidoso, de cierta edad, que evoluciona desde un cierto apuro por lo poco habitual de irse de juerga con los compañeros a una desinhibición etílica que puede causar pesadumbre y desconsuelo al día siguiente: "Eres mi jefe, Curro, pero te lo tengo que decir: ese día metiste la pata hasta el corvejón", o "Charito, espero que no se me note mucho que me pones una barbaridad". Es una tarde larga -un pasadía, lo llaman los caribeños-en la que uno vuelve a casa sin blanca. En el menú de 40 o 50 con chupito incluido, jarra poco fría de cerveza y tinto que llega descorchado, con sus entrantes adocenados al centro y su dicotomía carne/pescado, se producen unas misteriosas deseconomías de escala: en vez de dar más y mejor por tratarse de un grupo numeroso, pasa justo lo contrario. Y qué menos que tres pelotazos en copa de balón, ya dando o recibiendo la brasa con jefes y Charitos. Estas comidas tenían sentido cuando las pagaba la empresa a modo de gratificación y para insuflar un poco de buen rollito entre los recursos humanos. Pero ya pocas empresas asumen el ágape, y paga el empleado a escote. Y, ésa es otra, el empleado suele gastar en almuerzos y cenas de empresa (hermandad, colegas históricos) más de 200 euros en la antesala de la Navidad del consumo y el engorde. Más que en lotería del Gordo y el Niño. Que, es verdad, toca bastante menos que el compañero de Charito.

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