Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Comandantes

EL éxtasis del desahogo contemporáneo se llama Schettino, un sujeto que abandonó el Costa Concordia al mismo tiempo que cualquier mujer, niño o adulto varón, y que era precisamente el comandante del barco que él mismo acercó a la costa donde radica su pueblo; una gracieta de poderoso de ocasión, que acabó en naufragio y muerte. Esta semana hemos sabido que Schettino ha dado una conferencia en un foro universitario, y lo ha hecho como autoridad técnica en un sicalíptico asunto denominado Gestión del pánico: "Fui invitado como experto. Yo sé cómo debe comportarse uno en tales casos". La cosa sería pintoresca, si no fuera un lamentable símbolo de estos tiempos fatuos, en los que los zorros cuidan del gallinero. "Yo desviaba dinero del fisco porque ese fisco colonialista nos roba", podría decir Jordi Pujol en sintonía con Schettino. "La Junta va a tardar en dar información sobre los cursos de formación: tenemos tantas otras cosas que hacer", diría en rueda de prensa un consejero andaluz. Francamente, menos mal que nos queda la Justicia. Por muy lenta que sea.

Schettino rentabilizaba cual Casanova su jerarquía, cosa que quizá entra en el sueldo de un almirante de crucero: en el curso de las diarias cenas "del capitán" en una misma travesía, alguna presa le caía al cazador (más bien, pescador). Schettino estaba lanzando puentes carnales con Moldavia mientras que el barco chocaba contra una roca: y el tío, muele que muele; el tío, venga a moler. Pero esos extras de capitán ecuménico no tendría importancia si no hubieran muerto ahogadas 27 personas por su infinita irresponsabilidad. "Capitán, mientras que usted no salpique...". Pero salpicó, con aguas negras de muerte de crucerista desavisado. Y ahora, alucinantemente, Schettino pontifica con la complicidad de una universidad como La Sapienza, y lo hace sobre aquello que justo llevó a la muerte a turistas de ocasión, quienes quizá deben todavía las cuotas del viaje. Como diría un italiano, "Vergogna" para esa universidad señera, que cambia cordura por un poco de resonancia. Estamos rodeados de genios, qué duda cabe. Y lo malo es que estamos rodeados... por la parte de arriba.

Schettino y sus secuelas conferenciantes son una patada en la boca para muchos italianos, que si bien son maestros en la carcajada sarcástica sobre lo propio, no están para aguantar en estos momentos a granujas que afirman -¡con soporte académico!- que ellos sí que saben sobre aquello en lo que metieron la pata cento per cento. Si la gestión del pánico -sea esto lo que sea- la diserta Schettino, aviados estamos. Pero también aquí tenemos comandantes que abandonan antes que nadie la nave común, que es una metáfora perfecta para quien desvía toneladas de billetes al fisco, como Pujol. Con comandantes como éstos, quién quiere enemigos.

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