Postrimerías

Clerigalla

Los males de la Universidad se han visto agravados en Cataluña por la presión del poder político

Es innegable que más allá del componente ideológico, tan diluido, o de los cansinos debates sobre la articulación del territorio, en el enquistado problema del separatismo catalán opera un sentimiento de mutua desafección que por referirse a un ámbito emocional dificulta mucho la solución, si es que existe. Pero también hay responsables concretos de que hayamos llegado a este punto de deterioro y basta repasar la historia reciente para identificarlos sin esfuerzo. Suele decirse que tenemos los políticos que nos merecemos y la media española no es para presumir, pero el bajísimo nivel de los personajes que han protagonizado el procés debe de ser evidente incluso para sus partidarios, ahora enfrentados, o al menos para quienes no estén definitivamente instalados en el autoengaño. El lamentable caso de la expresidenta del Parlament, que lo ha intentado todo para aferrarse al cargo después de ser acusada de prevaricación y falsedad, es bastante revelador del submundo en el que han medrado muchos de los supuestos académicos de prestigio que apoyan la deriva independentista desde la Universidad y los medios oficiales, donde abundan los profesores que han saltado a la política o ejercen como comisarios. En los departamentos y las instituciones por ellos dominados, ha dejado de regir el criterio de la excelencia. Que el principal aliado de la molt honorable -para no hablar del energúmeno que le guarda las espaldas, acostumbrado a intimidar a la prensa con broncas y amenazas- sea el anterior presidente de la Generalitat, un perfecto fanático de cuyas capacidades dudaba hasta su antecesor, a quien nadie podrá calificar de lumbrera, dice mucho de la calidad de sus apoyos y del rumbo desquiciado que ha seguido el partido que en otro tiempo representó al catalanismo conservador, hoy convertido en una especie de secta. Son numerosos los testimonios que describen el ambiente irrespirable en las facultades y en los institutos, donde pocos se atreven a disentir de las consignas dictadas por la clerigalla nacionalista. Dicen quienes conocen la trayectoria de la expresidenta, o sea los testigos de su irresistible ascenso, que el comportamiento soberbio, los resabios populistas y las bochornosas reacciones que hemos presenciado estos días vienen de antiguo, pero no es el suyo, por desgracia, un caso aislado. Incluso los académicos abonados a la causa, que también los hay muy buenos, conceden que los conocidos males de la Universidad contemporánea se han visto agravados en Cataluña por la permanente presión del poder político y sus sólidas terminales en todos los ámbitos de la sociedad. En el pecado, bien lo saben, llevan la penitencia.

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