La tribuna

Gumersindo Ruiz

China, sesenta aniversario

ESTE año se cumplen los sesenta años de la creación de la República Popular China; nos hemos acostumbrado tanto a su presencia en la vida y acontecimientos internacionales, que resulta extraño pensar en China como un estado relativamente joven, en su forma y organización actual. Hasta 1976, con el presidente Deng Xiaoping, no se pone en marcha la reforma económica moderada y pragmática que abre el país al capital y la tecnología extranjeros y al comercio internacional, lo cual se consolida en 2002 con el actual Presidente Hu Jintao. Hoy, cuando estamos en una crisis profunda, y a China no le afecta, nos preguntamos si es el modelo a seguir, y cuales serán las consecuencias del poder que su fortaleza le confiere.

El reto principal de China es la creación de empleo, cuenta con una población empleada de casi 800 millones de personas y viene aumentando el empleo neto a una media de 7 millones de personas en los últimos diez años; eso nos da una idea de cómo hay en el mundo una tendencia a que en unos países se genere empleo y en otros no, lo que es inevitable por los cambios que se han producido en la organización del trabajo y la forma de producción. Hace veinte años en China más del 70% de la población vivía en áreas rurales y hoy es sólo el 50%; las oportunidades y las expectativas se crean en las ciudades y este trasvase de población requiere la creación incesante de empleo.

En la crisis actual China ha seguido creciendo a casi un 9% anual, lo que resulta increíble, dada la situación por la que atraviesa el mundo; para ello han compensado la caída de las exportaciones con aumento del consumo y la inversión interna. El Gobierno ha impulsado la economía y ha hecho que el crédito bancario aumente en vez de disminuir, de modo que las empresas, a diferencia de lo que ocurre aquí, han contado con financiación para seguir funcionando. Las ventas al por menor han subido un 15% anual y las de coches casi un 80%. Pero China partía de una situación de bajo endeudamiento, público y privado, y esto le permite ahora aumentar el consumo interno, algo que nosotros no podemos hacer.

Los problemas internos vienen de una forma de producir desordenada, que consume muchos recursos energéticos y materias primas, con una mezcla de capitalismo salvaje, en cuanto a las condiciones de vida de los trabajadores, utilización de instituciones de libre mercado, y control estatal de los medios de producción, financieros y el tipo de cambio, que mantiene depreciado para tener ventaja y vender fuera. La sanidad, educación, pensiones, son cuestiones pendientes. Igual que la adopción de buenas prácticas contables y empresariales, que dan lugar a una gran confusión e inseguridad a las empresas extranjeras.

Pero quizás el mayor enigma de China es su papel en el futuro del mundo. Se ha hablado de que con este ritmo de crecimiento pronto se convertirá en la primera potencia económica del planeta, ya se nota su influencia en las reuniones internacionales y, a través de sus inversiones, en África y Latinoamérica, así como financiando la deuda pública y privada de Estados Unidos. En las celebraciones con motivo del 60 aniversario, China exhibe sus nuevas armas en un desfile militar, junto con un millón de millones de euros en reservas de divisas, y una población de 1.300 millones de personas, el 20% del planeta. Sin embargo, el futuro se plantea de forma más compleja de lo que indican las cifras; el lenguaje de referencia del mundo seguirá siendo el inglés, la iniciativa tecnológica no es suya, y en China fascina todo lo que surge de occidente: el arte antiguo y moderno, la moda, las marcas, el deporte, las redes sociales de Internet, las universidades de prestigio, los valores asociados con los negocios y el éxito personal. Incluso la preocupación por el medio ambiente se incorpora a los discursos oficiales, aunque sólo sea para evitar que nuevas tecnologías más eficientes releguen a las que ellos utilizan. Sin embargo, el país sufre las contradicciones entre la apertura económica y el control político de la expresión individual, pues los dirigentes temen que el gobierno de una sociedad tan compleja se les vaya de las manos. Los conflictos permanentes en las regiones es un ejemplo de lo que decimos.

En pocos años el mundo será, de forma inevitable, muy diferente al que hoy conocemos, y China se considerará causa y efecto, conflicto y solución, ejemplo a seguir y a evitar, pues por sus dimensiones representa, para bien o para mal, una fuerza transformadora sin precedentes en la historia de la humanidad.

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