La firma invitada

Pedro Grimaldi

Chile en el corazón

POR las calles de Valparaíso o de Concepción alguien deambula sin rumbo y sin una foto de la persona amada a la que asirse para reconstruir los recuerdos de una vida que acabó a las 3,42 horas de la madrugada chilena del 22 de febrero de 2010. Por más que quiera, es imposible ponerme en el lugar de ese hombre, o de esa mujer, que sintió estremecerse la tierra y dos minutos después lo perdió todo, incluido su álbum de boda y el de cumpleaños de sus hijos. Mis amigos chilenos, que aún no han cicatrizado las heridas que la historia reciente de su patria les ha dejado en la piel, se afanan en aliviar corazones rotos, ahogando con besos y abrazos las penas de tantos y tantos seres queridos que no tuvieron la suerte de ellos. Dice mi amiga Eugenia que el pecho se le aprieta cada vez que abre su correo electrónico y recibe nuevas imágenes o testimonios de la tragedia. Todos los días me acuerdo de ella y de Javier, y de Gabriela y Julián, y de Elia, Hernán, Bárbara, Rosamel… Y, sobre todo, me acuerdo de Elena, aquella mujer frágil y dulce que me ayudó a encontrar la tumba de Víctor Jara en el inmenso cementerio de Santiago, sorteando miles de cruces anónimas que florecen en un camposanto sin lápidas sobre las que llorar a los torturados y muertos por Pinochet.

Elena me dio un abrazo inmenso "en nombre del pueblo chileno" por mi modesto homenaje a Víctor, y luego se marchó para terminar de adecentar la tumba de su hombre, asesinado el 11 de septiembre de 1973. Conservo en el pecho el calor de ese abrazo y en la memoria el brillo húmedo de los ojos de Elena.

Durante días y días los telediarios han difundido imágenes de montañas de escombros, de hierros retorcidos, de autopistas y puentes destrozados, de embarcaciones varadas en medio del bosque y de personas que, en la vorágine del horror, se llevaban electrodomésticos de los centros comerciales. Me cuentan mis amigos que pocos días después de aquellos actos de pillaje hubo quienes devolvieron los plasmas y las lavadoras que portearon a hombros entre el pánico y la confusión de las primeras horas, pero esto ya no ha sido noticia.

Ahora las noticias son los terroristas del Cáucaso que se han inmolado en el metro de Moscú, los enésimos enfrentamientos entre israelíes y palestinos, el impacto de la Semana Santa en la recuperación del sector turístico andaluz y las tropelías de Jaume Matas en Baleares. Y la tragedia chilena apenas sobrevive en la sección de breves. Porque los medios de comunicación también marcan el tempo de nuestras solidaridades y de nuestras lágrimas.

Les preguntamos a los amigos de Chile qué podemos hacer desde aquí y nos contestan que transmitirles todas nuestras energías y cuidar de la madre tierra. Carolina contesta esa misma pregunta a los propios compatriotas de allí: "Ante la cruda realidad de las pérdidas humanas, del pánico y el caos social que revuelve el alma y los valores, muchos se quedan en sus casas, impotentes ante las situaciones que llenan el corazón de tristeza y rabia, sin hacer nada, porque no sabemos cómo, ni de qué manera ayudar o, simplemente, porque el sillón frente a la televisión es mucho más cómodo. De todas maneras, les cuento qué pueden hacer: organícense junto a los vecinos y amigos para reunir ropa y alimentos; al hacerlo piensen en las cosas que para ustedes son básicas, en lo que necesitarían ante una situación tan extrema como esta. Por ejemplo: ropa de cama, alimentos, útiles de aseo... Cuando lo hagan, preocúpense de no juntar los desechos de sus roperos, y piensen que cada prenda que usted regala debe llevar dignidad a quien la recibe..."

No sé cuánto tiempo tendrá que pasar para que Chile reconstruya sus carreteras, sus escuelas y hospitales, y para que ese hombre o esa mujer de Valparaíso o Concepción, que ni siquiera conserva una foto del ser querido, encuentre consuelo a tanta ausencia.

Pero sé del coraje del pueblo chileno y de su confianza en el futuro, y estoy convencido de que lo mismo que consiguió abrir "las grandes alamedas", tras la noche larga de la dictadura, ahora sabrá reconstruirlas para seguir paseando libre.

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