Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Censura 'versus' libertad

CUANDO al presidente de la Diputación de Valencia, Alfonso Rus, le preguntaron por qué había prohibido y retirado las fotografías del caso Gürtel incluidas en la exposición Fragments d'un any abierta en el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad, no dudó en invocar la libertad de opinión. No es la primera vez que la derecha se adueña de la terminología de la izquierda, adultera su significado y lo convierte en lanzadera de sus desideratas. Ha hablado sin complejos de "revolución" (liberal, por supuesto), de la necesidad del "cambio" (conservador) o incluso ha convocado a los sindicatos a la "huelga general"... contra el PSOE, pero nunca había llegado al extremo de usar la locución "libertad de opinión" para justificar un acto de censura descarado. El fraude semántico no es un mero pasatiempo, sino una de las columnas en las que se basa el discurso demagógico y ese tipo de confusión entre ilustrada y analfabeta que tantos beneficios reporta en los tiempos revueltos.

Hagamos abstracción del caso Gürtel, de las fotos vetadas (todas ellas publicadas con anterioridad en periódicos tan variados como El Mundo, Abc, El Periódico y El País) e incluso del partido político al que pertenece Rus y los fotografiados y centrémonos en la censura misma y, en particular, en la justificación dada por el presidente de la Diputación valenciana para arramblar con las fotos -la libertad de opinión-. Obviamente, la libertad a la que apela Rus para cerrar la exposición es una libertad personal, restringida y exclusiva, una libertad que termina donde comienza la opinión discordante de los demás. Él, y los suyos, no están de acuerdo con el contenidos de unas fotografías, les aparece un abuso, un deshonor e incluso un atentado para sus creencias (políticas) más profundas, y por tanto se creen capacitados para cortar por lo sano. Pero fue más lejos. El presidente Rus añadió a modo de estrambote: "Las exposiciones son exposiciones y no política", toda una declaración de principios sobre cuáles deben ser los límites del arte y al mismo tiempo una loa de los valores supremos de la ornamentación y un elogio de la depuración creativa al servicio de la ideología.

¿Estamos ante un acto aislado o ante un síntoma del menoscabo y la manipulación que están sufriendo los conceptos éticos que sustentan la pluralidad democrática? Yo me inclino por la segunda opción. La urgencia por mantener el poder o pretenderlo han fomentado un clima de tirante desconcierto donde todo es, al mismo tiempo, verdad o mentira, dependiendo sólo de quién lo diga y de quién lo oiga. Y en esa perversa transmutación de sentidos hasta la censura se equipara a la libertad.

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