En tránsito

eduardo / jordá

Ceder

CUANDO uno ve algunas tertulias en la televisión -que cada vez se parecen más a los terribles programas de cotilleos-, es casi imposible encontrar a alguien que opine con la más mínima intención de llegar a un acuerdo con los que opinan de forma distinta. Todas las intervenciones -muy gritonas y destempladas casi siempre- son a cara o cruz, porque lo mío vale y lo tuyo no, y nadie parece contemplar la posibilidad de que haya una solución intermedia que pueda contentar a unos y a otros, aunque para ello todo el mundo tenga que ceder en algo. A veces me pregunto si los directivos de esos programas exigen a sus contertulios que no se muestren abiertos jamás a un entendimiento con los del otro bando (que están situados, muy gráficamente, en la fila de enfrente). O si eligen a sus contertulios por su escasa capacidad de escuchar lo que no se ajusta a las ideas que ellos defienden a machamartillo. Y me temo que es así.

Por desgracia, los datos de audiencia confirman que el público prefiere esos debates coléricos de la Sexta o de la Cuatro, en los que todo se dice a gritos y con las venas del cuello de los tertulianos a punto de reventar. Y supongo que es esa misma fascinación por los gritos y los desencuentros lo que explica que ahora se critique con crudeza la cultura de la Transición, ya que esa cultura política se basaba en el acuerdo y en el pacto con el adversario. Y para muchos, sobre todo los más jóvenes y los más exaltados, esa capacidad de llegar a acuerdos fue una de las causas primordiales de la corrupción que hemos vivido en estos tiempos. De la Transición, se nos dice, surgió la casta. Y la casta es la que ha impuesto sus manejos y sus privilegios. Así hablan muchos jóvenes que no vivieron la Transición y que por tanto no saben cómo eran las cosas entonces. Y los mismos que ahora se lamentan porque los universitarios tienen que irse a trabajar fuera, ignoran que en aquellos años había miles de jóvenes españoles que tenían que irse a trabajar fuera, pero no como universitarios, sino como temporeros o camareros.

Digo todo esto porque hay gente que parece alegrarse de que las cosas vayan mal y que parece aplicar la fórmula de "cuanto peor, mejor", esperando una especie de llamarada de fuego purificador que limpie todos los males. Y aunque haya muchos motivos para estar enfadado, convendría recordar que las catástrofes o los estallidos sociales no sirven para nada, a no ser para crear más tensión y más miseria, y con frecuencia mucho más dolor del que pretendían evitar.

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