Dejemos atrás el griterío de los sans-culottes en Twitter, siempre aficionados a alancear moros muertos y a profanar tumbas. La muerte de Miguel Blesa está cargada de un fuerte contenido simbólico y dramático, como escrita por un autor barroco. Hasta la fecha, el llamado banquero de Aznar había aparecido como uno más de esos pillos envarados que habían saqueado las arcas públicas y privadas para pagar sastres londinenses y botellas de Château Laffitte; un ejemplo más de esas élites extractivas cuya única patria es el dinero y el lujo. Sin embargo, el suicidio de alguna forma redime a Blesa. Al igual que esos militares que limpian su deshonor con el arma reglamentaria, Blesa ha saldado su deuda con la sociedad de una manera trágica y definitiva. No se le puede pedir más. Intentar perseguirlo con perros y rastreadores más allá de la muerte es, además de una inelegancia, una ingenuidad. El tiro se lo llevó todo.

Como ya ha apuntado algún preclaro aprendiz de Lenin, el disparo que sonó la mañana del miércoles en la finca cordobesa Puerto del Toro nos recuerda la antigua y estrecha relación que existe en España entre la caza mayor y el poder. Desde que los reyes de León acudían a Babia en busca de osos, ciervos y jabalíes a los que dar muerte, los magnates han buscado llenar sus salones de cuernas y pellejos como símbolo de estatus. Es como si la tibia sangre de las alimañas alimentase el prestigio de su matador. Pedro I en La Atalayuela de Los Palacios, Felipe IV en Doñana, Carlos III en el Pardo, Franco en Lugar Nuevo o el juez Garzón en Los Collados de San Benito, no sólo se dedicaron a la pasión cinegética, sino también al ejercicio del poder y la influencia en su versión más íntima y agreste. No en vano, Luis García Berlanga, un libertario de derechas, eligió una cacería para ubicar ese gran retablo satírico sobre el tardofranquismo y la Transición que es La escopeta nacional.

Esta ancestral y romántica práctica de nuestros plutócratas, sin embargo, llega a su fin. El poder se sigue ejerciendo de igual manera, pero con otros ritos y ropajes aparentemente más mesocráticos, aunque igualmente despiadados. La cruel muerte de Blesa no sólo simboliza el derrumbe final de una cleptocracia de refinadas maneras y gesto altivo, sino también la decadencia de la caza mayor como lugar del medro. De las cornetas de los monteros y del alegre ladrar de las jaurías apenas se escucha ya un eco lejano.

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