Línea de fondo

j.M. Sánchez / reyes

Casillas, el parador nacional

NO suelo excederme en alabanzas hacia jugadores del Real Madrid. Por prescripción médica, sobre todo. Por principios, incluso. Principalmente cuando están en activo defendiendo a este equipo. Ocurre que mis fobias hacia algunos de sus míticos futbolistas se desintegran una vez que estos han abandonado el club merengue. No lo puedo remediar. Se quitan para siempre la camiseta blanca y los veo hasta con cariño. Voy a más... incluso con admiración. Me ha ocurrido con Raúl González. Vi la luz, como San Pablo, en mitad de mi ceguera. Me impactó el compromiso y la profesionalidad que demostró en el Schalke 04. Todo un ejemplo de deportista. Doctor, ¿qué me está pasando?

Con Casillas me ha ocurrido antes de que abandone el Madrid. Antes incluso del ninguneo al que le ha sometido Mourinho (el madridismo cegato, con el tiempo, verá cuánto daño le está haciendo a la institución y cuánto descrédito acumula por sus monerías) y Karanka, un tuercebotas que ni reencarnándose cien veces conseguiría el palmarés del portero. El pulso de Mou al Madrid es fastidiar a Casillas. Y no lo digo por su actual suplencia, justificada por su lesión y por el buen hacer de Diego López. Lo digo por la tibieza con la que se refiere a Iker, por sentarlo para poner a Adán... para luego cargarse al chaval. Me da que a Mou le duelen los éxitos de Casillas con La Roja y no le perdona que mediara para acabar con la guerra Barça-Madrid, conflicto bélico azuzado por el portugués y en el que se movió como pez en el agua con su habitual mezquindad.

Iker, con sus títulos y su personalidad, con su carisma y amistad con Xavi Hernández, molesta en el prototipo de vestuario de Mourinho: guerreros que defiendan una idea hasta las últimas consecuencias aun a costa de ciscarse en las más elementales normas de convivencia deportiva.

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