De pascuas a ramos

Miguel Ángel / Novo

Casas de hermandad

EN ellas palpita el auténtico corazón de la cofradía. Son casas porque son hogares y deben tener el calor de un hogar, espacios donde encerrar, con mayores o menores apreturas, el tesoro del pasado que amarillea en los archivos y en las paredes, donde envolver la realidad del presente, con sus secretos a voces y callados, donde atrapar los sueños del futuro venidero.

Casas de hermandad, entrañas verdaderas de lo que una cofradía fue, es y quiere ser. Cordón umbilical que une la ilusión del que empieza con la fatiga del que ya anduvo un largo trecho, la bendita locura de la juventud con la serena nostalgia del que mira las fotografías color sepia, sabedor de que en ellas hay un pedazo de su alma cofrade. Casas para el encuentro, la tertulia, el desahogo, las decisiones comprometidas y comprometedoras, la discusión y el diálogo, los recuerdos, el refugio, los sueños, los llantos, las noches en vela, los logros y las frustraciones...

Todo cabe en ellas, todo entra, todo se dispone. Pero es el olor a hermandad -que se mezcla con el de la humedad o con el de la cera caliente o el incienso quemado- el que conforta, el que agranda la estrechura de la casa pequeña y estrecha la anchura de la grande; ese olor único e indefinible de la vida de hermandad, la gran desconocida para aquellos que solo quieren encontrar en las cofradías lujo de terciopelos bordados y folclore semanasantero. Y a menudo, la gran desconocida también para muchos que la cofradía supone tan solo un número y una cuota; y para otros tantos que creen tener poder para poner cerrojos a la puerta de la casa de todos los hermanos, convirtiendo un hogar en una cárcel donde amarillean con el tiempo las fotos, los libros y los recuerdos...

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios