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El lanzador de cuchillos

Carta para Miguel (Ríos)

El día que la Andalucía oficial te elevaba a los altares te reservaste el derecho de admisión

Admirado Miguel: Ayer, cuando te escuché en el excelente programa de Cristina Pardo arremeter contra Ayuso y la derecha que gobierna la Comunidad de Madrid desde hace un cuarto de siglo, me vino a la memoria el discurso que pronunciaste un 28 de febrero de hace algunos años, con ocasión de la entrega del título de Hijo Predilecto de nuestra tierra que te otorgó la Junta de Susana y me metí en Youtube para volver a escucharlo. Había sido exactamente como recordaba. El día que la Andalucía oficial te elevaba a los altares te reservaste el derecho de admisión, y convertiste una fiesta de todos en un guateque sólo para amiguetes. A ti, que presumes de hablar claro, no te molestará que te diga que en tu disertación estuviste torpón en la forma -daban ganas de ayudarte a leer- y sectario en el fondo. Fue el tuyo un discurso mitinero y demagógico, que buscó en todo momento el aplauso fácil del coliseo tuitero y titulares épicos de la prensa afín. Como ayer. Nos quisiste dar gato por liebre, presentando como valiente y reivindicativo un alegato cobardón y pelota con el poder que te premiaba. Olvidaste entonces, cegado por tu pulsión doctrinaria, referir siquiera las cifras andaluzas del paro o la sangría de los ERE. Desperdiciaste una ocasión estupenda para haber censurado a quienes gobernaban esta Comunidad desde el Pleistoceno sin que ninguna de las terribles lacras que asolaban Andalucía cuando llegaron experimentasen, tantos años y fondos europeos después, mejoría alguna. Pero de tu boca no salió una crítica ni un reproche; con la Díaz socialista preferiste ser zalamero, adulador, cobista.

Pérmiteme una maldad, estimado Miguel. Clamaste, con razón, contra el ladrillo en la Vega de Granada: una forma de ganar dinero fácil a costa de destrozar un patrimonio valioso, dijiste. Y a mí, no sé por qué, me vino a la cabeza el Himno de la Alegría. Pero no quiero caer en el pecado de injusticia del que te acuso. Te adornan infinidad de virtudes personales y profesionales; tu carrera musical ha sido, himnos aparte, innovadora, atrevida, modélica. "Desde los tiempos del Price" te fuiste adaptando a las circunstancias, sin perder un ápice de calidad, y evolucionaste hacia una madurez espléndida. Siempre arriesgaste tu dinero y mostraste una tremenda generosidad con los que empezaban. Ahora vuelves, como Antoñete -y como el franquismo-, por enésima vez. Y yo, que me alegré de la victoria de Ayuso en Madrid, volveré a escuchar tus canciones. Espero que no te moleste.

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