Ajá & Ojú

Carrillá

Se ha impuesto la carrillada en salsa, o carrillá para sus amigos

P style="text-transform:uppercase">aciencia, no nos queda otra. La invasión de la "Carrillá en salsa" es irreversible. Por los catering, como por casi todo en la vida, pasan las modas de los platos sin que podamos hacer otra cosa que, dejar que pase o, confesarle discretamente al camarero que tenemos un problema médico, a ver si nos puede traer una tortilla a la francesa.

Atrás quedó el confit de pato, el arroz con langostinos o la insoportable cola de toro desmenuzada, que parecía iba a convertirse en un plato clásico del que no podríamos escapar nunca. Un amigo, después de comer una cola de toro mediocre en un bar supuestamente especializado, me dijo que en muchos sitios las colas eran de canguro. Me cuesta creer, le dije, que traigan colas de canguro de Dios sabe dónde con la de vacas y toros que hay en nuestra zona. Es verdad que la cola que comimos estaba, cómo decirlo, elástica, pero yo lo achaqué a falta de mimo en el guiso. Por favor, si alguno ve una granja de canguros, que lo cuente, sobre todo por saber lo que comemos ya que se ha convertido en costumbre inveterada desmenuzar la cola de toro para que todo sea aún más misterioso.

Pero decía que atrás quedaron esos platos con que nos agasajaban en las bodas de mi generación: el confit, el arroz con langostinos o las carnes marrones no identificadas. Ahora se ha impuesto la carrillada en salsa, o carrillá para sus amigos. Yo no la soporto.

Vamos más o menos animados a un almuerzo en grupo de esos de despedida, o de conmemoración o de lo que sea, que ahora hay comidas con cualquier excusa y nos sabemos los menús de memoria. En el aperitivo yo siempre aprovecho para comer por lo que pueda pasar, que siempre pasa. Cuando nos sentamos a la mesa curioseo el menú y no falla, la carrillada en salsa es el plato principal. Cuando sirven el dichoso plato mi marido me mira sabiendo como sabe lo que detesto el plato. Yo migo primorosamente la salsa que sí que me gusta y es difícil que esté mala, pruebo la carne, la distraigo y se acabó. No es raro que alguien de la mesa comente lo buena, tierna y gelatinosa que está la carne. Yo me declaro, después de haber tomado todo el jamón que he podido, casi vegetariana. No me gustan las carnes marrones confieso.

Al día siguiente de estas comidas siempre preparo el menú indemnización: Sopa de puchero y huevo frito con patatas. Comida de niño chico que nos la tenemos merecida, y en zapatillas. Irresistible.

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