El Palillero

Carnaval y Cuaresma

El día puede empezar en el besapiés del Señor de Medinaceli y terminar en la final del concurso en el Falla

El Carnaval y la Cuaresma marcan los tiempos de Cádiz cuando febrero entrega el testigo de la vida a marzo, en un recodo del calendario. La primavera empieza a intuirse en la lejanía. Surgen los contrastes, que aquí son más radicales, pero no menos sensibles, cuando los tiempos se detienen, cada cual en su lugar. Hoy se podrá apreciar con extrema belleza esa combinación imposible de lo que debe estar separado, para que el roce no contamine. Hoy el día puede empezar en el besapiés al Señor de Medinaceli en Santa Cruz y terminar con la final del concurso en el Gran Teatro Falla. Algo así sólo es posible, sólo se puede entender en Cádiz.

La Catedral Vieja es el gran símbolo de la religiosidad gaditana. La reconquista de la fe católica se asentó en ese templo que es un legado alfonsino, del Rey Sabio que compuso cantigas en honor de Santa María, como un trovador mariano. Jesús Cautivo de Medinaceli está en ese templo (no suficientemente valorado en Cádiz), que hoy se convierte en un santuario de peregrinaciones. Quienes acuden a besar los pies del Señor llegan impulsados por sentimientos que sólo ellos y ellas conocen. Puede que sea la última tabla de salvación a la que aferrarse en los naufragios de las dudas. Puede que sea la expresión de una esperanza que se eleva entre las dificultades de la vida. Como la llamita de una vela que no se apaga.

Cerca del Pópulo, cruzando el arco, junto al teatro romano que es la herencia de otro Cádiz más antiguo, los caminos nos llevan a Santa María, a la casa del Nazareno. En este primer viernes de marzo, también está esperando a sus devotos. Aferrado a una cruz que es de carey y plata, pero que es también el madero tosco de todos los sufrimientos. El Señor de Cádiz mantiene una mirada impasible e imposible, como si viera algo que nosotros no alcanzamos. Ciegos a su lado, cuando no entendemos lo que pide. Pero confiados a su misericordia, que es eterna, y se descubre en el brillo de su mirada.

En la otra punta de la ciudad histórica, en el límite inexacto que enlaza a los barrios de la Viña y el Mentidero, está el templo mundano de los cantares. El Gran Teatro Falla acoge la final del Carnaval, con los sueños de quienes festejan la mundanidad de don Carnal, que es efímera aunque intensa. Así, entre el Pópulo y Santa María, entre la Viña y el Mentidero, la ciudad abre las puertas del cielo y del infierno, duda en su limbo eterno, convierte la vida en un primer viernes de marzo. Contrastes rotundos, de un día en el que Cádiz sueña con entrar en el paraíso y escaparse de su purgatorio.

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