Un día en un partido de alto voltaje en Sevilla en territorio hostil, mi hijo quería quitarse la sudadera para enseñar la camiseta de su equipo, que resultaba ser el visitante y al que no se le tenía mucho cariño en el Pizjuán. Ese gesto me puso tenso porque yo olía el problema. Le pedí que si marcábamos un gol, no lo celebrara mucho y, claro, eso en una mente de un niño que todavía no tenía seis años no cabía: "Papá, si yo sólo estoy animando a mi equipo. Ellos que animen al suyo". La lógica aplastante de su inocencia deja sin argumentos a un padre que nada más que veía la vena en el cuello del paisano de al lado que se desgañitaba en gritarle asesino a cada jugador contrario que hacía una falta, a otro que estaba por allí y vociferaba un repertorio homófobo contra él árbitro a la vez que hablaba de la cornamenta para arriba y para abajo. Hemos convertido en normal lo que no lo era. El caso Zozulya puede servir de punto de inflexión. A ver.

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