LO confieso, soy un Friki, me gustan las campañas electorales. Digo más, me gusta la política. Es para mandármelo a mirar, lo sé, pero no lo puedo remediar. Es otra de mis rarezas: no me gusta la Semana Santa, no soy cadista, soy del Atleti y no me gusta la playa. Por si fuera poco me gusta la política que es como ser capilla y que llegue la Semana Santa, un momento culmen, el clímax. Y me encanta el día de votación, ese momento en el que uno siente que vale lo mismo que Emilio Botín, aunque sea tan sólo unos segundos.

Las campañas me divierten, no lo puedo remediar. Me fascina en primer lugar la humildad que tienen que desarrollar los políticos para convencernos de lo simpáticos que son ("¡quiero besar niños, quiero besar niños!") y lo bien que lo van a hacer. Se acercan, nos hablan, se muestran cercanos, van a pie a todos lados, nos prometen todo un futuro brillante. El mismo Barroso dijo que "estaba recuperando el pulso del pueblo". Claro, desde el coche oficial es complicado tomarle el pulso nada más que al chófer. Así que uno se siente halagado cuando recibe en casa todo tipo de propaganda, ve en televisión a los candidatos esforzarse en parecer buenos y tener ideales. Se siente uno importante. A partir del día 23 puede que se vuelvan a realizar pactos a nuestras espaldas, sin que nos los hubieran anunciado. El que llegue de nuevas a un gobierno dirá que de lo prometido nada, que las cosas están mucho peor de lo imaginado, pero mientras llegue ese momento, disfrutemos de la ocasión. Carpe diem. Pongamos en apuro a los candidatos que nos den propaganda haciendo preguntas,  con educación pero con convicción. Y exijamos rotundidad en las respuestas: qué se va a hacer, de dónde se va a sacar el dinero, cuántos liberados, cuántos asesores, cuánto dinero para el partido de turno de las arcas públicas. Seamos inflexibles ya que los candidatos ahora no tienen otro remedio que responder. Ya pasaremos otros cuatro años a oscuras.

Una de las cosas que más ha cambiado de las campañas son los carteles. Qué alegría que apenas se ensucian las paredes con las caras de los candidatos. No sé si servía para algo, pero lo hacían todos. Entre otras cosas porque la vanidad es una de las causas principales de dedicación a la política, junto con la ambición, claro. Algunos  tienen ideales , no digo que no. Pero no son todos, ni siquiera estoy seguro de que sean la mayoría. Otros tienen vocación de servicio público, puede que sí. Esta expresión sirve igual para un roto que para un descosido, porque no está muy claro su significado, pero hay que reconocer que hay ciudadanos preocupados por mejorar sus ciudades. Ahora bien, años y años en el asunto público terminan pasando factura y profesionalizando a los políticos, para bien y para mal. Al menos que cuando los elijamos cumplan lo que ahora dicen y que sean capaces de mantener la humildad con la que ahora nos tratan durante los próximos cuatro años. Que ninguno tenga que tomar el pulso del pueblo de nuevo, que no sea necesario esperar cuatro años a que vuelvan a bajarse del coche oficial para saber cómo viven sus vecinos. Hoy empieza la campaña. Atentos.

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