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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Caerse del guindo

Algunos intelectuales americanos han aprendido ahora que también los 'progresistas' censuran

Los estadounidenses son como niños malcriados en lo que a dictaduras y censuras se refiere. Nunca han sufrido una dictadura en sus propias carnes históricas. Han tenido y tienen problemas políticos y sociales, como toda nación o grupo humano. Estados Unidos se enfrenta a graves problemas de racismo y de integración de minorías. Pero nunca un dictador ha ocupado la Casa Blanca. Y esto marca diferencias con la Europa que, sólo en el siglo XX, ha aportado al bestiario histórico las figuras -por orden de aparición en el escenario- de Lenin, Mussolini, Stalin o Hitler. A los que se podrían sumar Salazar, Franco, Ceaucescu, Tito y unos cuantos más.

Hay que ser estadounidense o inglés -es decir, no haber conocido nunca una dictadura- para sorprenderse porque desde posiciones supuestamente progresistas y en nombre de causas justas -ya sea contra el racismo o el machismo- se censure y persiga. Los americanos han conocido y sufrido las oleadas puritanas y ultraconservadoras contra las costumbres -el disparate de la Ley Seca-, contra la libertad de creación -el Código Hays de autocensura de Hollywood- o contra la izquierda -la Caza de Brujas-, pero nunca han sufrido la persecución y la censura de la izquierda dogmática o del puritanismo progresista. Esto, en la cultura occidental, era hasta ahora un privilegio de Europa. Desde luego, de la Europa oriental bajo el comunismo, pero también de la occidental democrática posterior a la derrota del nazi-fascismo.

En la Europa democrática lógicamente no se dieron las censuras, en el mejor de los casos, y las deportaciones y asesinatos, en los peores, sufridas por Ajmátova, Mandelshtam, Pasternak, Mayakovski, Bulgákov, Bábel o Grossman, además de los artistas vanguardistas perseguidos o exiliados tras la imposición de la doctrina del realismo socialista. Pero no faltan ejemplos de presiones, vacíos y descalificaciones sufridas desde la izquierda dogmática por Raymond Aron, Albert Camus, Simon Leys (con este último fueron más lejos por denunciar los crímenes del maoísmo: le costó la carrera universitaria y tuvo que marcharse a Australia). Hasta el comunista Picasso vio condenado por el PCF su retrato de Stalin. Y el editor comunista Feltrinelli tuvo que vérselas con el PCI por publicar Doctor Zhivago y El gatopardo. Son ejemplos de lo que ahora por lo visto algunos intelectuales americanos han descubierto.

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