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Hay tres clases de políticos: los que dejan huella por sus ideales, los que no y los que ejercen en Diputación, esa constelación cósmica de alcaldes, ex alcaldes y concejales que se debaten entre atender a su pueblo de siempre o velar por el conjunto de la provincia. Los diputados que tomaron posesión de su cargo el jueves trasladaron, con mayor o menor fortuna, su deseo de cambiar el mundo. Desde el salón más regio de Cádiz, la mayoría apeló al enorme potencial de esta provincia, el mismo que se exhibió un día después en la gran Noche de la Empresa, en la Base de Rota, en presencia del Rey. También en la Diputación se celebró nuestro poderío por todo lo alto, pero casi nadie habló de nuestros pobres indicadores económicos, ni del lamentable estado de tantas calles y plazas y tantos equipamientos y carreteras de los pueblos, como la que une Medina con Paterna. La retórica y el buenismo sólo fueron comparables a la ausencia de iniciativas para mejorar el horizonte de los ganaderos, los marineros y los agricultores, por ejemplo. Casi nadie abordó el Cádiz real en el interior del Palacio Provincial. Quien sí lo hizo no estaba muy lejos y fue el jefe de la Inspección de Trabajo, en un acto del Colegio de Graduados Sociales, casi a la misma hora, para admitir que muchos gaditanos, ante la falta de expectativas, se refugian en las 'paguitas' para llenar la nevera. Esto también forma parte de la realidad que nos rodea, pero no afecta a todos los diputados por igual.

La portavoz de IU, Carmen Álvarez, no aportó una sola receta mágica para ganar competitividad en la prestación de servicios públicos, pero logró llamar la atención al prometer el cargo "por imperativo legal" y dejar claro que, "como republicana", guardaba lealtad al Rey también por imperativo... Como es natural, de su discurso casi nadie se acordaría luego. El portavoz de Adelante Cádiz, Antonio Romero, tampoco sorprendió con nuevas teorías que ayuden a los autónomos en su actividad, pero sí recalcó que se debe "al pueblo soberano" y que luchará por una sociedad más "libre, igualitaria y justa", en un relato que también habría servido para Cuenca. Quizá el jueves tocaban las buenas palabras, pero sólo con éstas no vale para hacer de esta provincia una sola realidad bajo la unión de sus territorios.

El alcalde de Barbate, Miguel Molina, al menos, aprovechó la feliz historia del joven estudiante de su pueblo, que ha obtenido la máxima puntuación en Selectividad, para exigir oportunidades para las nuevas generaciones. Y más al grano fue el alcalde de La Línea, Juan Franco, para recordarnos que sus paisanos viven en la tierra con más paro, menor renta y menor esperanza de vida del país. Si los demás piensan que ése es su problema y no se sitúa a esta provincia por encima de intereses partidistas, difícilmente podrá Cádiz superar sus retos. Sobre esto reflexionó el popular Antonio Saldaña, para reclamar que las inversiones no atiendan a criterios de afinidad política. Su discurso hiperbólico fue una apuesta por la libertad, el orden, la unidad (de la provincia y de España) y el cambio. Al final ofreció un tratado de historia remontándose al espíritu del Doce, para comparar el régimen feudal con el sistema de partidos. Irene García sólo le entró al trapo en lo que quiso, compartiendo que la Diputación está llamada a liderar grandes proyectos que corrijan el exceso de identidad localista que sufren sus municipios. Hoy trabajan 34.000 gaditanos fuera de la provincia y subiendo, dijo la presidenta. Esta es la realidad con la que Cádiz se va a dormir cada noche. El resto es palabrería hueca.

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