Cuentan que cuando el director general de Delphi le anunció, a finales de enero de 2009, al comité y a la Consejería de Empleo el inminente cerrojazo, la plantilla no se lo llegó a tomar en serio. Pero Gonzalo Herrera no sólo no bromeaba, sino que era muy meticuloso. Y mientras la Bahía intentaba ahogar sus penas en un nuevo Carnaval, el ejecutivo mexicano -asombrado con nuestra capacidad para abstraernos- llegó a la conclusión de que el problema no tenía arreglo, después de analizar detenidamente las pérdidas. Así lo hizo saber a todos y sólo entonces se lió la mundial. La reacción llegó muy tarde desde todas las instancias. Y algo parecido sucede con Airbus Puerto Real, aunque existan notables y dolorosas diferencias.

La primera es que el consorcio de aviación europeo ha de rendir cuentas a la administración pública y en cambio Delphi podía hacer con su capital lo que le viniera en gana, como trasladarse a Marruecos poco después, no sin antes deslizar la idea de que la culpa de su marcha la tuvo el Carnaval. Sólo por este detalle este cierre tendría que doler más. La factoría puertorrealeña, aunque de poco le ha servido, ha contado con los mejores datos de absentismo y con toda la capacidad y el conocimiento que necesitaba para asegurar su competitividad. ¿Y por qué entonces el Gobierno y los sindicatos, a espaldas de sus representantes en Cádiz, se alinean con Airbus para enterrar una planta tan puntera con una propuesta al dictado de los deseos de la compañía? Porque Cádiz no muerde como Sevilla y Getafe y carece de peso político en los centros donde se decide nuestro futuro. Porque los dirigentes locales están más preocupados de sus cuitas internas, haciéndose trampas al solitario, que de ser oídos en Madrid, como ocurre con un PSOE más dividido que nunca entre pedristas y susanistas, y con un PP también pendiente de su congreso para curar las heridas tras las primarias. Ellos solo van a Madrid a negociar su porvenir. Y porque hasta que no nos hagamos respetar, no dejarán de reírse y de encarnar el espíritu de la farsa ante nosotros. Tal vez si el día que la ministra de Industria, Reyes Maroto, visitó la provincia le hubiésemos planteado nuestras reivindicaciones en lugar de invitarla a ver pasos de Semana Santa, nos habría tomado más en serio. ¿Pero dónde están ahora todas las autoridades que salieron en la foto contra le cierre? A la mayoría se le pegó la lengua al paladar.

La compañía culpa del cierre, sin renunciar al cinismo que le caracteriza, a la pandemia, pero el virus no ha impedido invertir en Getafe cantidades mareantes. ¿Acaso las cosas están solo mal para Cádiz? Lo lamentable no es la pantomima que nos han presentado por delante, lo deprimente es el silencio cómplice de la Administración y la extraña sensación de eterna impotencia. No deja de ser curioso -para tirarnos por los bloques- que intenten tomarnos el pelo hablando tan ricamente de consolidar las dos plantas de Airbus en un polo industrial de primera, en lugar de admitir el cerrojazo de una de las dos factorías, sin más. Como sugirió un empresario afectado, aquellos que retuercen el lenguaje de esta manera se parecen a los mismos que empezaron a denominar a la basura pura y dura como residuos sólidos urbanos, tal vez pensando que así alejarían los malos olores. Y lo grave es que más de uno encima pensará que todo esto lo tenemos merecido.

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