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Notas al margen

Un Cádiz de leyenda

Toca disfrutar de la gloria y aprender de los errores para crecer junto a la cantera y la afición

Cuando el Cádiz CF llamó a Álvaro Cervera para que le alejara del infierno de la Segunda B, el sueño de la Primera División parecía más que inalcanzable. El club trataba de superar en los despachos -y a duras penas- un concurso de acreedores que amenazaba con poner fin a su existencia, porque muy pocos atendían a sus llamadas de auxilio. Pero en el terreno de juego, desde el primer minuto, y a pesar de las adversidades y de las cuitas internas por el control del club, el entrenador enseñó a sus pupilos a pensar a lo grande. Poco a poco, la afición conectó con su filosofía y también empezó a creer en el ascenso. No en vano, los 50 puntos de rigor que garantizan la permanencia, cada año sabían a menos porque se lograban con mayor prontitud: esta temporada en febrero. Y todo ello, pese a contar con un presupuesto que colocaba al Cádiz en mitad de la tabla a final de la Liga.

Las penosas circunstancias que atravesó el club durante los últimos lustros, de mano en mano, sin rumbo fijo, imprimieron carácter a una plantilla generosa en el esfuerzo y donde el sacrificio y el juego colectivo no admiten discusión, por encima de las individualidades. Cervera, con su libro de estilo, marcado por la prudencia, dejó claro a sus profesionales que el equipo está por encima de todos y cada uno de los jugadores, y los resultados no tardaron en llegar. Cuando no se jugó la liguilla de ascenso, se estuvo a un solo paso.

Entretanto, el presidente, Manuel Vizcaíno, en una pugna fratricida con Quique Pina, se hizo con las riendas del club e imprimió su sello hasta dotarlo de una gran profesionalidad, acorde a los tiempos que corren. De su mano, y tras salvar el escollo del concurso, el Cádiz ha logrado sanearse a la vez que ha recuperado su brillo especial por todo el territorio nacional. En tiempo récord, ha vuelto a codearse con los clubes más punteros de Primera en lo que al impacto mediático se refiere, sin olvidarse de la cantera, cuya apuesta ha dado sus frutos con el Cádiz B en su mejor versión.

Los aficionados que se acercaron a los pies del Carranza a recibir a los jugadores en el partido del sábado, sin respetar la distancia de seguridad y en no pocos casos sin la mascarilla, no pueden empañar -por más que quepa preguntarse para qué sirvió la reunión para evitar justamente las aglomeraciones- un triunfo histórico, el que ayer brindó el Zaragoza con su enésima derrota en casa en los últimos partidos. Confiemos en que no tengamos que pagar muy caro tantísima irresponsabilidad. Porque anoche, igualmente, la celebración en las Puertas de Tierra obligó a la Policía a emplearse a fondo para evitar males mayores, ante la euforia desatada en una afición huérfana de victorias tan épicas como la conseguida por este equipo de leyenda.

Con todo el mérito, hoy toca saborear un triunfo que vuelve a hacer de Cádiz una ciudad de Primera. Eso sí, también conviene aprender de los errores pasados y crecer con la afición como estandarte y la cantera como la mejor materia prima. Los propietarios del club bien harían en pensar en el colectivo antes que en clave personal. Porque lo que toca ahora, sin mayor disimulo, es disfrutar de la gloria alcanzada. La familia cadista, una vez más, está de enhorabuena.

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